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Propósitos de año nuevo

Aviso: que los escriba no quiere decir necesariamente que vaya a cumplirlos, pero al menos lo intentaré (considérese este un primer propósito o el piloto de la serie que encontrarán a continuación).

  • Aprender a tomarme las cosas con más serenidad y no vivir en una histeria constante.
  • Equilibrar mejor el ocio y el trabajo.
  • Ir a más conciertos, a la filmoteca y leer todos los libros que pueda. Dar rienda suelta a esas obsesiones.
  • Pasar menos tiempo haciendo nada en Internet.
  • Luchar contra las injusticias del sistema capitalista de todas las maneras que pueda. Impedir el avance de los zombis-absorve-cerebros de la derecha en la medida de mis posibilidades.
  • No perder el sentido del humor por muy oscura que se vuelva la realidad.
  • Viajar todas las veces que pueda.
  • Hacer lo mejor que pueda mi trabajo: ser mejor periodista.
  • Escribir todo eso que tengo en la cabeza y todo lo demás que se me ocurra.
  • Comer más fruta.
  • Canalizar mi ira y no pagar mis enfados con quien tengo al lado (¡pobre!) sino con quien de verdad se lo merece.

Ya veremos qué pasa, 2014.

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Oficina de empleo

“Probé otra vez en la Oficina de Empleo.

-¿Quieres este trabajo?

-Sí. Quiero ese trabajo.

-No voy a llamar para preguntar si puedes hacer una entrevista para este trabajo.

-¿Por qué no?

-¿No me dijiste que tenías el bachillerato?

-Sí. Tengo el bachillerato.

-Entonces estás sobrecualificado para este trabajo.

-Si estoy sobrecualificado significa que puedo hacer el trabajo.

-Que seas capaz de hacerlo no significa que vayas a aguantarlo. Además, estás quitándole el trabajo a alguien que no tiene una educación tan buena como la tuya.

-¿Y qué pasa si digo que mentía y que no tengo el bachillerato?

-Pues que si mientes significa que no eres fiable y por lo tanto no puedo darte el trabajo.”

Fragmento de “Memphis Underground” de Stewart Home, publicado en España por Alpha Decay.

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Ponte a currar (si quieres cobrar)

Si el día que me comí la sopa de sobre caducada pensé que el absurdo había colonizado la realidad  ahora lo que me temo es que Ionesco y Jardiel Poncela sean los responsables de redactar el guión de esta telenovela laboral que nos está tocando protagonizar.

La reforma laboral daría para tanto que no quiero ni empezar (y eso que a los señores del gobierno no les ha llevado mucho tiempo. El mal avanza rápido) o acabaré fabricando cócteles Molotov en la cocina de mi casa. Pero hay un punto en especial de la medida de marras que me ha dejado boquiabierta por su nivel de estupidez y de, bueno…cómo explicarlo, neofascismo. Por si alguien aún no se ha enterado, entre todas las medidas que se han aprobado dentro de esa reforma hay una que especifica que los receptores de la prestación por desempleo, es decir, los que cobramos el paro, tendremos que realizar servicios a la comunidad que, por el momento, aún no se han especificado. Traducción: “tú, parásito social que estás todo el día en tu casa chupando de la teta del Estado, vas a tener que mover el culo y currar gratis o te quitaremos los 4 duros que te ingresamos el día 10 de cada mes. Porque si no encuentras trabajo es porque no quieres, vago, más que vago, ya verás como ahora encuentras algo bien rápido. Leña al mono que es de goma, aquí las cosas solo funcionan con mano dura.”

Lo que más me ha alucinado de todo esto ha sido la sarta de comentarios ¿inocentes? de personas que veían como una buena idea la medida ya que “así los parados se sentirán realizados” “le devolverán a la sociedad parte de lo que les ha dado a ellos” ¿Perdón? Yo no le tengo que devolver nada a la sociedad, porque la prestación del desempleo que recibo es producto de todos esos años cotizados a la Seguridad Social, pagando el IRPF y los impuestos que hiciesen falta. Así que el dinero del desempleo lo recibo porque me corresponde. Si no hubiese sido así, ni el Estado ni la sociedad ni Perico el de los Palotes me habría dado ni un euro, así que menos lobos. Y segundo: no hace falta ser un asalariado para sentirse realizado en esta vida y si algún parado siente la necesidad de hacer algo por la sociedad que se apunte a la Cruz Roja, que monte una ONG o que reparta café con leche entre los vagabundos de su barrio. Pero de manera voluntaria y  a título personal. Lo que no puede hacer el Estado es obligar y coaccionar (o lo haces o te quito tu prestación) a los desempleados a hacer trabajos sociales, de manera que además el Gobierno se ahorra los sueldos de los trabajadores sociales que deberían de estar desempeñando dichas tareas. ¿Medidas para acabar con el desempleo? Me descojono.

Servicios a la comunidad para cobrar el paro, la nueva mili sin posibilidad de insumisión o alternativas. Centros de trabajo obligatorio que tanto nos escandalizamos cuando leímos que iban a instaurar en Hungría y que ahora,  a nuestra manera, tendremos que acatar aquí. Un Estado del Bienestar que se nos va a tomar por culo mientras pensamos en cómo pagaremos la factura de la luz. Una mierda con todas las letras en la que todo vale si los de siempre siguen con su nivel de vida.

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febrero 14, 2012 · 1:00 pm

En qué se parecen

Lo bueno de estar en el paro -o desocupada como dice mi amiga la chilena- es que tienes tiempo para muchas cosas, sobre todo para una: pensar chorradas. Sí, en la triste y dura realidad la chorrada es tan cotidiana como el azúcar en el café y por estos lares la cultivamos con cariño, bien sea en forma de vídeo o de pensamiento que no lleva a ninguna parte.

Así que entre correo de presentación (adjunto CV), candidatura en Infojobs (web del demonio) y demás infructuosos esfuerzos por llegar a algún sitio en este país que nos ha tocado vivir, empecé a pensar -atentos: chorrada- que el estado en el que una se encuentra cuando busca trabajo es demasiado parecido al que se encuentra cuando le gusta alguien. Este pensamiento totalmente deformado por la lectura continuada de la Superpop y Ragazza en la adolescencia y el visionado de innumerables comedias románticas de dudoso nivel intelectual ha ido cobrando fuerza con los días. Y es que hay pautas en ambos procesos que son idénticas. Véase, por ejemplo:

-Un constante control del teléfono móvil: cada vez que suena, das un brinco al que generalmente sigue la decepción. Y es que, por lo general, nunca es él, ni el chico que te gusta ni tu trabajo soñado.

-Celos: lo mismo en ambos casos. Si otra persona se aproxima al hombre de tus suspiros, aparece el monstruo de ojos verdes. Si otra persona consigue acceder (o siquiera aproximarse) al puesto que anhelas, desearías poder quitártela de en medio de cualquier manera posible.

-Derrotismo: “Nunca me va a querer” y “Nunca voy a encontrar un trabajo” con hipidos y lloriqueos. Sensación de que jamás se va a alcanzar el objetivo sentimental/laboral.

-Obsesión: mandarle mensajes, whatsapps, llamar o lo que sea al tío que te gusta pensando bajo la premisa “este, de verdad, es el último que le envío” responde al mismo impulso que lleva a una persona a freir a correos electrónicos a sus contactos o responsables de empresas a las que espera llegar. En el caso de los periodistas este comportamiento es muy habitual y el mail suele contener la frase “te envío este reportaje que hice por si lo encontrases interesante para tu publicación” (¡Quiéreme por favor, por favor, por favor!)

-Falsedad: la mentira es tu vida. Si quedas con él y resulta que es un fanático de los grupos de Garage de los 60, tú más. Y si le encanta el cine francés tu eres la hija de Godard si hace falta. Por lo mismo que si consigues una entrevista de trabajo eres experta en todo. Y no te pones ni colorada.

-Siempre escogen a otra más guapa que tú. Esto es así (para ambos casos).

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Todo va bien

Como todos los que me rodean ya saben y usted, amigable lector, está a punto de descubrir, el pasado miércoles me convertí, por fin, en un miembro de la tribu urbana más poblada de mi generación: los jóvenes en proceso de exclusión social. Ni hippies, ni punkies, ni mods, ni hostias: los jóvenes que rondamos los 30, en el paro y sobrepreparados académicamente somos los que partimos el bacalao en estos días.

Después de llegar a trabajar tras de una estupenda semana de vacaciones en NY, tierra soñada, de pronto me vi firmando unos papeles que me enviaban de una patada al ostracismo profesional y de paso, me fijaban una nueva tarea vital: buscar trabajo. Porque aunque haya iniciado los trámites para convertirme en una subsidiaria del paro más y haya gente (¡ejem!) que no se lo crea, a mi me gusta y necesito trabajar. Y no sólo para pagar un alquiler, la comida y demás cotidianidades sino para mantener la salud mental en un estado aceptable. Eso o en 4 meses acabaré viviendo sola y abandonada, sin lavarme el pelo y rodeada de 400 gatos. Con lo poco que me gustan a mi los animales, me dirá usted.

Así que ahí me he puesto a poner bonito, bonito el CV, contando las maravillas profesionales que he desempeñado hasta el momento -puestos que, por otro lado, ahora seguramente ocupen monos que escriben a máquina, tal y como está la cosa-. El primer objetivo es el sector periodístico, claro está, porque aquí servidora poco más sabe hacer que escribir y una tortilla de patata que quita el hipo (nota mental: posible negocio) pero creo que hasta el puñetero Frodo Bolsón lo tenía más fácil con el anillo de marras que un periodista en el paro hoy en día. Pero ¡Alto! porque los parados tampoco tenemos derecho al desánimo y menos los periodistas, que si fuimos tan gilipollas de escoger esta bonita profesión moribunda, ahora nos jodemos (mensaje enviado por el sistema)

Así que en esas estamos. Las opciones de estudiar otra cosa MÁS y emprender también se han contemplado, no se crean. Pero teniendo en cuenta que hacer un Máster en Periodismo hoy en día puede ser tan útil como hacerlo en la Universidad de Neveras de Nebraska y que mis cualidades empresariales son nulas (denme el imperio Inditex y en una semana estarán cerrando todos los Zaras del país por falta de liquidez), he decidido dejarlas de lado por el momento.

Si alguno de ustedes necesita una periodista rápida, lista, eficaz y profesional especializada en moda y cultura, ya lo saben: esa soy yo.

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Batido mental

Fue volver de nuestro viaje al fondo de España, con todo lo bueno y lo grotesco que ello conlleva y una avalancha de cosas por hacer nos abrió la puerta de casa y nos sentó en una silla a trabajar. Termina proyectos, ponle música, perfila aquello, piensa en esto otro y olvida aquello de más allá. De reojo mirábamos las fotos guardadas en la camarita, los discos antiguos rescatados de aquella habitación y las anécdotas con las que aburrir a los amigos.

Pero ya pasó (de momento) y entre otras cosas puedo volver a darle vida a este pobre blog, que andaba de lo más tristón y abandonado, con tanto viaje y tantos deberes por hacer. Eso sí, con tanto barullo vital la cabeza anda dispersa, con anotaciones mentales que se enredan, películas que vienen, zapatos que quieres, canciones a trozos, Terry Richardson, los diseños de Albert Folch, el mago de Oz, la belleza en el siglo XX, Coco y Tautou, los pavos de Williamson y mil paparruchas.

Como el que mucho abarca poco aprieta y poner orden en ciertas cabezas lleva demasiado tiempo (casi 26 años, fíjate) ni intentaré hilar todo este patinaje mental. Sólo algunos apuntes de lo que podría haberse convertido en un post individual y más elaborado. La vida moderna, que es lo que tiene. La próxima vez prometo hacer mejor mis deberes.

En la calle Espíritu Santo de Madrid, en Malasaña, hay una tienda fantabulosa que vende los zapatos más bonitos que he visto en mucho tiempo. Son lo más parecido a los que lleva Dorothy en el Mago de Oz que te puedes poner por la calle sin parecer una desquiciada. El sitio no tiene pérdida, sólo hay que seguir el olor a patchouli de la tienda de al lado.

El próximo 22 de abril se estrena en Europa el biopic (otro más, ya no eres nadie si no te hacen uno, qué cosas) de Coco Chanel, que según parece cuenta los primeros años de la diseñadora y está basado en la biografía de la misma escrita por Edmonde Charles-Roux llamada “L’irrégulière”. La sosísima Audrey Tautou encarna a Chanel -se parecen como un huevo a una castaña- y el trailer de la película sugiere una ñoñería importante. Aún así, habrá que ver.

Terry Richardson es el mejor. Además de tener una madre de lo más guay, ha hecho posar a las protagonistas de Gossip girl como si fuesen unas zorras viciosas y después los ha metido a todos en la cama. Ha captado perfectamente el espíritu de la serie.

Teniendo en cuenta el número de veces que he escuchado esta canción en los 3 últimos días por motivos que podríamos llamar “académicos” o “profesionales” tengo ganas de salir de fiesta, volver a escucharla, disfrutarla y exorcizarla.

(Las imágenes son de la película de Sofia Coppola. La canción es de New Order)

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Vuelta al cole (o el odio a septiembre)

Fui a la guardería durante un año antes de empezar al colegio, cuando tenía 3 años. Me pasé cada mañana de aquel curso llorando durante todo el camino desde que me levantaba de la cama. La guardería era una casita rosa con un jardín en la parte posterior, con columpios y una rueda de camión que no recuerdo para que servía. Estaba situada en la entrada del Parque de Invierno de Oviedo y se llamaba Pinocho, creo. El viernes era para mí  el peor día de la semana porque daban lentejas para comer. Las odiaba. En aquellos tiempos siempre iba con una muñeca Barbie a todos los sitios y a la guardería también, claro. Canalizaba mi rechazo a aquel sitio mordisqueando con mis dientes de leche los pies de la muñeca y llegué a descubrir que las piernas de Barbie son articuladas porque llevan una goma blanca por dentro. Años después derruyeron aquella casita de mis pesadillas y creo que hasta sentí alivio.

Al año siguiente empecé a ir al colegio. De monjas. Al principio creí que me gustaba ir, pero luego se me pasó. Ya no llevaba la Barbie, así que ni siquiera canalizaba el rechazo al colegio, sin más no me gustaba ir. No recuerdo llorar ni nada por no querer ir, pero si una ligera angustia el domingo por la noche, metida en la cama y escuchando el O fortuna de Carmina Burana de la cabecera de ¿Documentos TV? que mis padres veían en el salón de al lado. Qué miedo me dio toda la vida esa música.

Con el tiempo el rechazo a tener que asistir todos los días por obligación a un sitio que me impedía dedicarme a lo que más me gusta (que aún no tengo muy claro lo que es pero fluctúa entre escuchar música, escribir, dibujar, leer y no hacer absolutamente nada) se hizo más fuerte. En vez de acostumbrarme me deprimo cuando veo los anuncios de “Vuelta al cole” en agosto, con niños sonrientes y súpercontentos. Y una mierda, la alegría de la vuelta.

Hoy es el último día de mis vacaciones. Mañana empiezo a trabajar.

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