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De mi a mi

La periodista Delia Rodríguez abrió la veda con su lista de consejos a su yo estudiante de periodismo de hace ya unos cuantos años. Una especie de “Hola, vengo desde el futuro para comentarte” pero sin ser un anuncio de detergente. Evidentemente no pude evitar sentirme representada en muchos de ellos -especialmente en el punto de “No intentes buscar la excelencia en los estudios. Quieres ser una buena periodista, no una buena estudiante de periodismo”- por no decir en todos. Ese artículo dio pie a varios artículos más de periodistas que se daban consejos a su yo del pasado y de paso a todos los periodistas jóvenes que pasaran por allí. De nuevo imposible no sentirse reconocida en ellos, por lo menos en muchos de sus puntos.

periolista3Después de leerlos, empecé a darle vueltas a los consejos que tendría que darle a mi yo del pasado, al que hace doce años ya puso los pies en Madrid por primera vez en su vida dispuesta a convertirse en periodista, en adulta y a pasárselo muy bien. Una de esas cosas sucedió seguro, la otra no fue responsabilidad mía sino más bien del tiempo y en la otra aún estoy trabajando. A mi yo del pasado le diría muchas cosas, como casi todo el mundo al suyo, pero aquí van algunas relacionadas con la profesión.

-Estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid es una de las mejores decisiones que has tomado en tu vida. No por la carrera, que todos sabemos que sirve más bien para poco, sino por irte de casa de tus padres pronto, aprender a sacarte las castañas del fuego rápido y a darte cuenta de que había muchas cosas más allá del círculo de protección del círculo habitual y las montañas asturianas. Y porque sí que era (es) vocación.

-Pocos de tus compañeros y compañeras acabarán siendo periodistas de verdad. Muchos acabarán currando en “el otro lado” (gabinetes, agencias, etc), otros se buscarán la vida por otros lares profesionales y otros os empecinaréis en sobrevivir del sector (algunos con más facilidades que otros, claro). Y sí, son los que te imaginas. Exactamente esos.

-Aprovecha toda la veintena para pasártelo bien y hacer lo que te de la gana, en lo personal y lo profesional. Cuando se vayan acercando los 30 te empeñarás en no conformarte con otros curros mediocres y trabajarás como una mula para conseguirlo. Contenta (unas veces más que otras) pero como una mula. A los 30 aún seguirás en ello, ánimo.

-El día que tu padre puso Internet en casa te cambió la vida de una manera que no te ibas a imaginar ni por asomo. Seguirás teniendo el fetichismo del papel, pero la Red te dará la oportunidad de hacer lo que verdaderamente te interesa y te abrirá muchas puertas. Y sí, no lo dudes, sigue con el blog este que no lee casi nadie.

-Te va a tocar comer mierda laboral en cantidades considerables. Además, cuando estés empezando a sentirte cómoda en el sector vendrá una crisis que lo pondrá todo patas arriba y un gilipollas tu jefe te echará de tu trabajo de redactora al volver de vacaciones. En su momento te enfadarás mucho porque será injusto, pero un par de años después te darás cuenta de que fue lo mejor que te pudo pasar. Tendrás un año de paro para poner en marcha un montón de ideas y aprenderás muchas cosas. Será difícil, pero capearás el temporal.

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-Un periodista es su agenda. Alguien te lo dirá en una de esas redacciones en las que harás prácticas (y en las que aprenderás lo que es el periodismo) y con el tiempo te darás cuenta de la razón que tenía. Échale morro y aprende a guardarte todas las tarjetas, teléfonos, direcciones de correo y bases de datos que tengas a tu alcance y utilízalas cuando lo necesites. Chica lista.

-La profesión está llena de gente que sabe mucho más que tú. En algunos casos será verdad y en otros solo será soberbia y pedantería de puros wannabes. Aprende de los primeros y pasa de los segundos.

-Todas esas horas en la cafetería de la universidad, las noches en los bares y las tardes en la filmoteca, los libros, los conciertos y los viajes te servirán mucho más que todas las clases que te perdiste por estar haciendo todas esas cosas. No te arrepientas y sácales jugo. Y a tu capacidad innata para el cotilleo también, te será muy útil.

-No te olvides de quien eres ni de donde vienes. La humildad siempre por delante. Lo pasarás muy bien y a veces muy mal, pero afortunadamente durante estos 12 años has conseguido conservar y rodearte de amigos de verdad y de gente a la que quieres que te ayudará en lo primero y en lo segundo.

-Aprende a hacer facturas. Acostúmbrate a vivir con (muy) poco dinero. Aprieta los dientes y fíate del instinto. Y apunta las cosas importantes en una agenda, lleva siempre contigo papel, boli y grabadora y cómprate un mechero de una vez, que eres un puto desastre.

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Besis.

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2011 ya estás tardando

Hacer un balance del 2011 sería algo un poco absurdo por deprimente. Si echamos la vista atrás estos últimos 12 meses no encontraremos más que gobiernos de derechas que vuelven arrasando, despidos a cholón, recortes injustos, enriquecimientos más injustos aún, empobrecimiento general (monetario y moral) y en general un año de mierda, hablando mal y pronto.

Pero como siempre habrá que ver el lado bueno de las cosas (y que nadie me mencione el puñetero anuncio de jamón de york, qué cursilada) y habrá que quedarse con las risas que nos hemos echado a costa de las desgracias, esas carcajadas liberadoras que nos ponen a todos en nuestro sitio y que nos hacen recordar que nunca llovió que no parase y que para dos días que vamos a andar por aquí, mejor los disfrutamos. Vamos a pensar que somos de los que nos crecemos en la dificultad y que de peores salimos, eso seguro. Al 2012 mejor no le pedimos nada, no vaya a ser que nos decepcione. Bueno, sólo una cosa: que si de verdad va a llegar el fin del mundo, que nos pille bailando.

¡Feliz año a todos (o algo)!

 

 

 

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Hacia la luz

Una noche, hablando en casa con amigas birra en mano, salió el tema del fin del mundo del 2012. No es que yo me creyese demasiado el tema de que la tierra se fuese a ir al carajo repentinamente, pero la verdad es que los acontecimientos de este año que ya se va no auguraban nada bueno.

Sin embargo, Eva me abrió los ojos a una nueva perspectiva: según parece, los mayas no decían que se fuese a acabar el mundo sino que iba a haber un cambio y que a partir del 21 de diciembre de 2012 (precisión) entraríamos en una época de luz -ahora estamos en la oscuridad, por si no os habíais dado cuenta-. Este cambio puede ser más o menos favorecedor según tu nawal (que puedes consultar aquí), aunque en general será para mejor. Y hombre, mejor que pensar que vamos a morir todos a causa de una horrible catástrofe natural será pensar que todo va a ir a mejor. Además, mi nawal se verá favorecido con el cambio, así que ahora los mayas me parecen lo más (hay un ligero tono irónico en todo esto, por si acaso alguien no lo había detectado).

Además, ya se han empezado a ver señales de cambio: Urdangarín poniéndonos un poquito más cerca de la República con sus chanchullos, Lucía Etxebarría anunciando que deja de escribir, el escándalo de la SGAE y Teddy Bautista… claramente vamos hacia la luz. Ya se que estoy pasando por alto otros eventos del 2011 que pueden llevar a pensar que la oscuridad es un puntito en el horizonte y que nos dirigimos a un agujero negro sin remedio (véase, por ejemplo, la mayoría absoluta del PP. Para qué buscar más) pero mejor pensar en positivo.  Ya veréis que guay el 2012.

 

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Morriña vs. Modorra

El otro día hablaba con unos amigos de la diferencia entre las palabras “modorra” y “morriña”, que muchas personas utilizan mal, intercambiando la una por la otra. La modorra es ese sueño casi invencible que te entra después de comer, que hace que nadie vea los telefilmes de la sobremesa y que tan agradable es cuando puedes disfrutar de él (y tan horrible cuando no es así).

La morriña, sin embargo, es echar de menos el sonido de un corcho de sidra al salir de la botella, el olor de un cachopo casero con sus patatas fritas de acompañamiento, los mil alfileres que parece que se te clavan en el cuerpo cuando por fin te atreves a sumergirte en el agua del Cantábrico. Es ponerte una camiseta de manga larga en verano porque por la tarde refresca, bajar a la playa aunque llueva un poco o comerte una sardina con pan sólo porque es la fiesta, no porque te gusten. Es quedar para tomar solo una y acabar volviendo a tu casa a las 5 de la mañana, es el olor del salitre en el aire, poner un huevo en un vaso la noche de San Juan y que al día siguiente la clara sea un barquín, es que el termómetro marque más de 28 grados y todo el mundo lo comente como un hecho sobrenatural, es un “¡Calla ho!” sonoro y a tiempo.

Prima hermana de la nostalgia, la morriña no es más que echar de menos el lugar del que vienes y que nunca hay que olvidar, aunque tú hayas elegido irte y no tengas pensado volver más que de visita, al menos de momento. El lugar que te define mucho más de lo que muchas veces quieres creer y que posiblemente influya en la manera en la que te enfrentas a la vida mucho más de lo que puedes imaginar. Es peligrosa la morriña, porque al igual que la nostalgia, tiende a endulzar esos recuerdos que tenemos del sitio del que venimos. Pero es necesaria, también, porque sin esa idealización de las cosas, la cotidianidad es bastante más áspera.

En este punto, mis recuerdos del verano en Asturias son tan buenos (y puede que condescendientes) que las ganas de pisar la tierruca aumentan con cada hoja que arranco en el calendario, acercándome a la fecha en la que volveré a dar un trago a un vaso de sidra compartido con gente a la que llevo queriendo (y echando de menos) mucho tiempo ya.

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Existencialismo infantil

Cuando era pequeña sufría de vez en cuando esos arrebatos de tristeza infantil que sufren todos los niños de vez en cuando. Algunos estaban relacionados con cosas concretas como que mamá se había ido a trabajar o porque Candy Candy lloraba en la pantalla. Pero otros tenían que ver con una especie de vació existencial, con un existencialismo pre-adolescente, con el a dónde vamos, de dónde venimos o qué coño hago yo aquí. Me acuerdo perfectamente de que esa tristeza existencial infantil se materializaba cristalinamente en la hoja de resultados de los partidos de fútbol que daban (¿dan?) en los bares asturianos -ignoro si se hace en el resto del país-. Esas hojas grandes con publicidad de negocios locales en colores chillones que aparecían por las mesas de los bares en los que siempre olía a sidra, a humo de puro y en los que la banda sonora era un partido de fútbol aliñado con comentarios en voz demasiado alta de los parroquianos.

Bares oscuros con barras de mármol y calendarios de gatitos y señoras sin camiseta obsequio del taller de coches de la acera de enfrente y con pinchos un poco resecos, un poco mustios ya. Serrín y cáscaras de cahuetes en el suelo, un chigre de los de toda la vida, vamos, con mesas y sillas de madera barnizada, un poco oscuro, un poco así.

Y la voz de tu madre diciendo al final del partido (o de la primera parte, dependiendo de la hora):”Ala, vamos a cenar y pa’ la cama, que mañana hay cole” y el nudito de trsiteza existencial dominguera crece hasta hacerse del tamaño de una bola de billar y la mirada de reojo a la puñetera hoja de resultados y del billar pasamos a los bolos. Una tristeza, una angustia que con el paso de los años acabaré sabiendo identificar como el tedio dominguero, la depresión anticipada del deber que acecha a la mañana siguiente, de la pereza en potencia con la que apagarás el despertador, la rutina con cara de lunes que ya se acerca. El terror, odio y puto asco a los domingos del que ya se ha hablado y escrito antes y por otros que seguramente lo hacían mucho mejor que yo.

Con la identificación de la angustia, como con el diagnóstico de la enfermedad, también vino el revulsivo y la certeza de que el domingo es una mierda, pero puede ser una de las buenas. Y pocas cosas son más eficaces para mejorar un día (y un mes, un año, una vida) que la música. Así que una parte del domingo se ha pasado haciendo la lista de los grupos que hay que ver en el Primavera Sound 2011. Al resto puedes ir a verlos, pero sólo si no coinciden con estos (es una recomendación personal). Sube el volumen y disfruta, que aún no es lunes.

(Síguenos en Facebook y Twitter, no te cortes)

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Vuelta al cole (o el odio a septiembre)

Fui a la guardería durante un año antes de empezar al colegio, cuando tenía 3 años. Me pasé cada mañana de aquel curso llorando durante todo el camino desde que me levantaba de la cama. La guardería era una casita rosa con un jardín en la parte posterior, con columpios y una rueda de camión que no recuerdo para que servía. Estaba situada en la entrada del Parque de Invierno de Oviedo y se llamaba Pinocho, creo. El viernes era para mí  el peor día de la semana porque daban lentejas para comer. Las odiaba. En aquellos tiempos siempre iba con una muñeca Barbie a todos los sitios y a la guardería también, claro. Canalizaba mi rechazo a aquel sitio mordisqueando con mis dientes de leche los pies de la muñeca y llegué a descubrir que las piernas de Barbie son articuladas porque llevan una goma blanca por dentro. Años después derruyeron aquella casita de mis pesadillas y creo que hasta sentí alivio.

Al año siguiente empecé a ir al colegio. De monjas. Al principio creí que me gustaba ir, pero luego se me pasó. Ya no llevaba la Barbie, así que ni siquiera canalizaba el rechazo al colegio, sin más no me gustaba ir. No recuerdo llorar ni nada por no querer ir, pero si una ligera angustia el domingo por la noche, metida en la cama y escuchando el O fortuna de Carmina Burana de la cabecera de ¿Documentos TV? que mis padres veían en el salón de al lado. Qué miedo me dio toda la vida esa música.

Con el tiempo el rechazo a tener que asistir todos los días por obligación a un sitio que me impedía dedicarme a lo que más me gusta (que aún no tengo muy claro lo que es pero fluctúa entre escuchar música, escribir, dibujar, leer y no hacer absolutamente nada) se hizo más fuerte. En vez de acostumbrarme me deprimo cuando veo los anuncios de “Vuelta al cole” en agosto, con niños sonrientes y súpercontentos. Y una mierda, la alegría de la vuelta.

Hoy es el último día de mis vacaciones. Mañana empiezo a trabajar.

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