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Mi casa es tu casa

Todos tenemos una casa perfecta en la mente. La de unos se parece al catálogo de Ikea y la de otros a un mercadillo de fin de semana. Habrá unos que se la imaginen minimalista y fría mientras que otros les pongan nombre a los niños que en su imaginación corretean por el salón. Habrá quien ya tenga pensada la marca de los electrodomésticos y quien tenga pensado tirar con un camping-gas hasta que tenga un poco más de liquidez. Hay tantas casas ideales como personas que las piensan y es muy posible que ninguna se repita.

En la mía la cocina siempre olería a cosas ricas, como las patatas rellenas que hacía mi tía Mary o los calamares en su tinta de mi madre. No haría falta esperar a Navidad para que haya casadiellas recién hechas y siempre habría una botella de vino que abrir, porque nos gusta celebrar. En la entrada habría un mueblecito para poner el correo y siempre encontraríamos alguna postal de los amigos que viven lejos, que luego pegaríamos en la nevera con un imán en forma de helado. El timbre sonaría a menudo, pero siempre con buenas noticias en forma de carta o de abrazo de amigo que llega por sorpresa a alegrarte el día o la vida si se tercia. Habría estanterías que irían del suelo al techo llenas de libros y discos, porque las casas que no tienen ninguna de las dos cosas son como un jardín sin flores. Al levantar la chapa que cubre los fogones habría pegadas un montón de calcomanías antiguas que representan las labores del hogar, como las que había en aquella chapa de aquella cocina de aquella casa en la que vivieron aquellos amigos aquel verano de la infancia. A veces, al abrir un cajón en el que nunca te habías fijado, descubrirías secretos olvidados de los antiguos inquilinos, como una libreta con dibujos, una cajita con fotos, un papel de cartas de colores o una horquilla con un pajarito blanco en el extremo.

La vajilla sería de margaritas, como en la que comí desde que tuve uso de razón hasta la mayoría de edad y habría un aparador de madera con cristalera a través de la cual se verían los platos ordenados y unas latas antiguas de ColaCao donde se guardan di tú qué cosas. Habría un mantel de cuadros de vichy blanco y rojo y otro blanco y azul y en el armario una caja de galletas Surtido Cuétara que en teoría sería para las visitas pero que todos abriríamos para coger una a escondidas (los barquillos recubiertos de chocolate, las de coco y las que vienen envueltas en papel) al pasar por la cocina.

Conseguir la casa perfecta según nuestra imaginación y nuestra educación sentimental resulta prácticamente imposible, porque la vida ya se encarga de que así sea con sus triquiñuelas. Así que igual no puede oler a esas patatas rellenas o no siempre hay postales o buenas noticias, pero seguro que hay amigos, cajas de galletas y hasta calcomanías si las buscamos. Cierras la puerta de una casa y abres la de una nueva y vuelta a empezar a continuar con lo que te has traído en cajas y lo que vendrá. Bienvenido sea.

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