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De tocayas, libros y sintonías

La temporada de hibernación tiene sus cosas buenas y además por estos lares también nos vienen bien los periodos de descanso en el sofá. En ese grupo de cosas buenas se pueden incluir los descubrimientos que hicimos ayer por la noche: si bien no son buenas en plan como que te toque la lotería, te asciendan en el trabajo o encuentres al amor de tu vida sí lo son de manera intelectual, como cuando resuelves un problema o das con la solución a un acertijo. Un estímulo mental impulsado por la casualidad, que funciona de la misma manera en la que se va montando un puzzle con la unión de sus piezas.

Carmen Martín gaite, fumándose un piti

Carmen Martín gaite, fumándose un piti

El caso es que estábamos en el sofá hablando de política y de ahí saltamos a la dictadura, la guerra, el exilio, la cárcel y cosas así. En medio de la conversación yo, que soy una pesada sin remedio, volví a sacar el tema de Celia en la revolución y la vida de su autora y hablando, hablando y hablando acabamos llegando a la serie basada en los libros de Celia que se emitió en Televisión Española a principios de los 90 (concretamente se estrenó el 5 de enero de 1993). Aquella serie estaba dirigida por José Luis Borau y el guión era, como no podía ser de otra manera, de la escritora Carmen Martín Gaite, fanática de los libros de Elena Fortún y gran conocedora tanto de su obra como de su vida (de ahí que se consiguiese que el paso del papel a la televisión resultase tan digno y fuese tan respetuoso con el original). Tanto me emocioné hablando de todo aquello que al final acabamos buscando los capítulos de la serie en la web -estupenda, por cierto- de RTVE.es para volver a verla ahora con nuestros ojos de adultos y ver cómo de bien o de mal había envejecido.

Cuál sería mi sorpresa al escuchar la sintonía de la cabecera y reconocer en ella a mis queridas Vainica Doble, otra de mis obsesiones culturales. Resulta que Carmen Santonja era hermana de Elena Santonja, presentadora de Con las manos en la masa y esposa de Jaime de Armiñán, director y guionista de televisión, quién introdujo a su cuñada y a su compañera Gloria en el mundo de las sintonías televisivas. Tirando del hilo, descubrimos que, además de por la sintonía de la serie, Vainica Doble están relacionadas con el universo literario de Elena Fortún a través de la propia Carmen Martín Gaite.

Ambas Cármenes (Santonja y Martín Gaite) no solo eran amigas y se movían en los mismos círculos, sino que además ambas tenían una visión muy particular de la realidad que plasmaban en sus respectivos trabajos. Coinciden en su gusto por la crítica costumbrista -un tanto alucinada y en ocasiones cercana a lo onírico- , en el uso de una ironía afilada pero discreta que apunta siempre a la inteligencia de su destinatario y en la independencia de pensamiento, libre de filias servilistas. Casualidad de las casualidades, su camino vital terminó el mismo día del mismo año: ambas murieron de cáncer el 23 de julio del año 2000, oscureciendo a la vez una parte de la escena cultural del país.

A mi yo periodista y a mi yo admirador de la obra de ambas le habría encantado hablar con esas excéntricas tocayas de la obra de Fortún, de refranes españoles, de irse de casa y de un montón de cosas más. La sensación de llegar tarde a los sitios es, en ocasiones como esta, inevitable así que no me queda más que reencontrarme con ellas en su obra. Que tampoco está mal.

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La bondad de los desconocidos

Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos 

(Blanche, “Un tranvía llamado deseo”)

Mañana es el Día del Libro o Sant Jordi en Barcelona y es tradición el regalar un libro a los señores y una rosa a las señoras, aunque vamos a pasar por esta vez de conflictos de género y del aroma machista que desprende la costumbre. Regalar libros siempre es una grandísima opción y a mi este año el obsequio me ha llegado por adelantado.

celia en la revoluciónLos y las que me conocen y los y las que alguna vez se han pasado por este blog, conocerán mi obsesión infantil desarrollada hasta el presente con Celia en la revolución, el libro que Elena Fortún dejó escrito en 1944 y cuyo manuscrito encontró su nuera muchos años después, cuando la autora ya no estaba viva. Se publicó en 1988 por la editorial Aguilar, ilustrado por Asun Balzoa y hoy en día es un objeto de coleccionista que no sólo es difícil de encontrar, sino que además se vende por unos 100 euros en el mejor de los casos. La mayor parte de los ejemplares que no se encuentran en la estantería de sus afortunados o afortunadas poseedores/as  están en las bibliotecas públicas para el uso y disfrute de los lectores que lo descubran.

Llevo intentando conseguir ese libro desde que cayó en mis manos por primera vez y se grabó a fuego en mi educación sentimental y de vez en cuando tecleo en el todopoderoso Google a ver si lo encuentro. Cuál sería mi sorpresa, cuando este domingo mientras hacía un descanso laboral (sí, el domingo ya no significa día libre ¿quién descansa hoy en día?) escribí de nuevo el título y el nombre de la autora y di con este post del blog Un libro cada día. Su autora, también entusiasta del libro, explicaba que lo tenía escaneado en PDF gracias a su hermano y quien quisiera una copia sólo tenía que pedírsela.

En un par de horas el libro estaba en mi correo electrónico y (aquí es cuando se empieza a dudar de mi salud mental) a golpe de clic volví a releer esos pasajes que en mi preadolescencia me hicieron emocionarme y hasta llorar y a disfrutar las ilustraciones de Balzoa, las trenzas de Celia recogidas alrededor de la cabeza, las expresiones castellanas de la época, la revolución narrada como casi nunca se cuenta. Tuve miedo por un momento de que el tiempo hubiese mejorado los recuerdos, de que mi veneración por el libro no fuese más que producto de su inaccesibilidad. No fue así, afortunadamente. Ahí estaba, de nuevo, como una puerta espacio-temporal a mis tardes de lectura infantil en aquella habitación de un barrio de Oviedo.

Sirva este post de profundo y sincero agradecimiento, no podía haber tenido mejor regalo de Sant Jordi.

Pues na…que les afusilaron allí…contra los acantilaos.

-¡Jesús!-Valeriana solloza ruidosamente.

-Ya no sirve de ná llorar…yo estaba escondío y lo vi too…el señor dijo “¡Viva la libertad!” y toos dispararon.
“Celia en la revolución”, Elena Fortún

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La fecha

“Callamos un momento. En la cocina se oía a Valeriana reñir con Rufa.

En el huerto jugaban las niñas. Papá dijo:

– Mañana me voy a Madrid. Espero volver pronto porque antes de ocho días tengo que estar de vuelta en Santander ¿Qué día es mañana?

– Es 18 de julio ¡Ojalá vuelvas pronto! – dijo el abuelo.

Y el corazón se me apretó sin saber por qué…”

Fortún, Elena. Celia Madrecita.

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Se llama obsesión

Estoy volviendo a leer a Nick Hornby (sí, otra vez) y aunque me joda en mayor o menor medida puedo verme reflejada en algunos de los fragmentos de sus libros. En especial (aunque me joda en mayor o menor medida también) en aquellos en los que narra aspectos de su relación con la cultura. Y es que yo, cómo Hornby, soy una persona tendente a las obsesiones culturales.

Hay quién lo llamará pasión o ser fan de, pero realmente roza la obsesión (o la abraza sin miramientos, más bien). Desde que empecé a interesarme por la cultura he tenido fijaciones más o menos intermitentes con grupos, autores, historias, películas y casi cualquier cosa que se pueda meter en el saco del consumo cultural. Cuando tenía unos 10 años me obsesioné con los libros de “Celia” o más bien con la vida de su autora, Elena Fortún (era un pseudónimo). Para los que no se acuerden (o sólo lo hagan de la casposa serie de televisión que hicieron en TVE1) Celia era la protagonista de una serie de libros publicados entre 1930 y la primera posguerra española (aproximadamente) dirigidos a los niños de la época. Empezaron como relatos que la autora publicaba en el suplemento “Blanco y Negro” del ABC y que luego se convirtieron en libros gracias a la editorial Aguilar. Celia, la protagonista, era una niña de padres adinerados sabionda y respondona que hablaba de lo que pasaba a su alrededor en una época que empezaba a ser convulsa en el país. Como digo, tanto como el personaje, me fascinaba la historia de la autora que contaba Carmen Martín Gaite en el prólogo de la reedición de “Celia lo que dice”, el primer libro de la serie. Puede que la historia no fuese tan diferente del resto de historias de todos los republicanos que al perder la guerra tuvieron que emigrar para seguir viviendo, pero a mi me fascinó. Me pasé mi última infancia y pre-adolescencia buscando en las librerías de viejo de Oviedo y alrededores los libros de la serie que no habían sido reeditados y conseguí completarla casi al completo. Me falta el titulado “Celia en la revolución” que no es sino un crudo relato de las vivencias de la autora durante la guerra civil. Un libro que poco tiene de infantil y que algún bibliotecario despistado por el título y la autora colocó en una de las estanterías de la biblioteca pública para niños de Oviedo y gracias al cual cayó en mis manos. Releí aquel volumen mil veces -puede que fuese mi primera lectura adulta- y años después, cuando ese milagro llamado Internet llegó a mi casa, investigué hasta dar con la historiadora Marisol Dorao, que había hecho una tesis sobre Elena Fortún para preguntarle dónde podía dar con el libro. Imposible.

Casi por la misma época me empecé a obsesionar con la música pop. Los primeros fueron los Beatles (poco original). Me pasaba las letras de las canciones con otra amiga a la que también le fascinaba, leía libros sobre sus vidas, curiosidades, teorías de la conspiración, todo. No me bastaba con lo que se sabía, quería más, quería secretos, quería saberlo todo, quería… Bueno no se muy bien que quería, las obsesiones son un poco así, supongo. Luego, la avalancha de información que supuso Internet disipó ese interés exclusivo por una sola banda, unido a que conocer más y más datos acerca de algo o de alguien se limitaba a teclear su nombre en un buscador y a quemarte las retinas leyendo en la pantalla de un ordenador de sobremesa. Perdió la emoción.

La obsesión por la música siguió latente o más bien se convirtió en pasión, que es un tanto menos enfermiza, aunque ahí sigue, asomándose a saludar de vez en cuando. Una determinada época de mi vida (más o menos la etapa universitaria) me obsesionó el cine. Nouvelle Vague, dogma, sesiones y sesiones de filmoteca, miles de películas en el sofá, horas hablando de cine. No todo era arte y ensayo, claro, recuerdo que allá por el año 2001 debí de ver “Reality Bites” más veces de lo aconsejable para la salud mental. Ya ves tú. Me encantaba la banda sonora, el pelo de Winona Ryder, Ethan Hawke, la historia. El otro día hablamos de ella (de la película) y realmente creo que lo que me flipaban eran los ya pasados años 90 y todo su espíritu. La Generación X y todo eso (el libro con el mismo nombre también me obsesionó una temporada).

Todo lo demás ya es darle vueltas a lo mismo. Me han obsesionado Guy Delisle y sus cómics sobre sus vivencias en países asiáticos, Wes Anderson, Nacho Vegas, Los Planetas, la serie de “Malas Ventas” de Alex Robinson, los movimientos culturales, las tribus urbanas, los fanzines, Godard, Coco Chanel, Irvine Welsh, el propio Nick Hornby y otras mil cosas más de las que ahora ni me acuerdo ¿También os obsesionáis?

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