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Esto no es una bicicleta

A la vuelta de la esquina de nuestra calle hay un bar (bueno, Granja como se llaman algunos locales aquí en Barcelona) de los de toda la vida. Forrado de madera hasta su último resquicio -barra, paredes, bancos, mesas, estanterías- tiene fotos de platos y bocadillos tomadas en los años 80, hacen un café infame que te sirven hirviendo y todo esta recubierto por una ligera capa de grasilla que se ha ido asentando cómodamente con el paso de los años y el esfuerzo de una plancha trabajadora. Es nuestro bar del barrio preferido: sus dueños, no excesivamente mayores, son gente hostelera de vocación o, al menos, con buena mano. Él siempre está tras la barra, atento al que entra con el “Señorita” o “caballero” preparados para saludar, guiño de ojo al quite, pocillo en mano preparado para el café, rapidez y eficiencia a precios más que razonables. Un oasis en la ciudad del postureo.

raval gentrificadoHace un par de semanas abrieron una hamburguesería justo debajo de casa. Antes no me acuerdo que había, puede que nada. Es muy bonita: mesas de madera de aspecto antiguo, colores pastel, pizarritas para poner el menú o las recomendaciones, una mesa comunitaria o para grupos grandes, decoración cuidada con bicicletas colgando de las paredes. Las camareras son jóvenes y lozanas, con aspecto de intelectuales que han viajado por el mundo y que han heredado el armario de juventud de sus madres ¿Precioso, verdad? Oiga, pues no. Además de ser cara (por mucho que lleve gourmet en el apellido, una hamburguesa no deja de ser un bocadillo de carne picada, imbéciles aún no somos) es lenta, lenta, lenta. Como una película coreana de arte y ensayo, como la espera en la cola del baño en un festival, como el invierno de tus días. No quiero que me sirva una poetisa con problemas económicos que curra ahí para sobrevivir: quiero que me atienda un profesional de lo suyo, alguien que sabe de hostelería y de atender a su clientela. Un poco de respeto por la profesión.

Ese fue uno de los muchos síntomas de la gentrificación acelerada que está sufriendo el barrio, en proceso de transformación desde hace muchos años ya, pero al que por muchos esfuerzos que hubiese llevado a cabo el Ayuntamiento aún no había conseguido reducir del todo. Pero lo que planes urbanísticos e iniciativas institucionales no habían conseguido en años de maquiavélicos esfuerzos, lo van a lograr empresarios del preciosismo en menos de un año.

Está claro que nosotros mismos encajamos perfectamente en ese público objetivo al que se dirigen esos locales abanderados de la gentrificación: treintañeros con profesiones liberales y pinta de hipsters, con inquietudes culturales que destinan parte de sus (más bien escasos) ingresos al ocio y el disfrute. Unos modernillos al uso, de manual, pero no por ello faltos de crítica o de capacidad de análisis para comprender qué sucederá si la transformación del barrio sigue el camino que ya ha comenzado. Claro que me gustan los locales bonitos tipo foto de Instagram, pero no quiero vivir en el decorado de una película de Zooey Deschanel y no quiero que se me intente convencer de que esa es la única opción.

La última vez que estuve en Madrid, se me cayó el alma a los pies al llegar a Malasaña: el barrio en el que pasé las noches de mi primera veintena con sus bares, su gente en la calle y su emoción había sido sustituido por un montón de cafeterías, tiendas de pasteles y ropa de niños a precios de Mónaco. Quizás nos hemos hecho mayores y ya no aguantamos hasta las 8 de la mañana bebiendo latas de cerveza por las calles (o sí) pero tampoco creo que nos hayamos convertido en señoras que toman el té con magdalenas con merengue por pura diversión. Y las bicicletas son para utilizarlas, no para colgarlas de ninguna pared, que no sois René Magritte, por favor.

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Otoño bien y mal

otoño barcelones

Ya es otoño de manera oficial y respaldada por el calendario, pese a la ola de calor que mantiene el perlado de sudor intacto en las frentes de los y las que la sufrimos. Como todo en la vida, el cambio de estación trae sus cosas buenas y sus cosas malas, que se enumeran a continuación:

Bien

-Las castañas y el olor con el que impregnan las calles

-La vuelta a la actividad cultural, bastante muerta durante el verano: nuevas temporadas de series, conciertos, lanzamientos de libros y demás chucherías para alimentar nuestros cerebros, siempre necesarias.

-La añorada manga larga y los vaqueros, relegados al fondo del armario durante el periodo estival, que vuelven a salir a la luz.

-Los platos de cuchara, que podían suponer la muerte instantánea en agosto y que, por fin, vuelven a la mesa. Las lentejas molan, comida de viejas power.

-Las escapadas planeadas antes de que llegue la locura navideña que nos llevarán al hotel en Madrid en formato salón de colegas en el que se celebrará la convención anual de reencuentro de Diputació 167. Ganas mil.

-La manta para tapar los pies mientras se disfrutan de las novedades culturales mencionadas anteriormente. El sofá y la persona unidos en hermandad, la sublimación del confort.

Mal

-La progresiva resta de horas de luz que afecta inevitablemente al estado de ánimo de cualquiera en su sano juicio y que no haya nacido en algún país nórdico (y esté acostumbrado a ello prácticamente por genética). Que a las 6 de la tarde casi sea de noche es un bajón.

-El puñetero cambio de armario de temporada que nunca llego hacer y que tiene como consecuencia que mis bikinis sean compañeros de estantería de los jerseys de lana.

-Lavar el edredón nórdico para poder volver a usarlo o la odisea de la modernidad.

-Los marrones de curro que van alcanzando dimensiones monstruosas según se acerca el fin de año.

-El fin del reinado de la terraza como pieza principal del hogar.

-El frío que acabará llegando y sus consecuentes resfriados. La puñetera lluvia y sus consecuentes paraguas, instrumentos diabólicamente incómodos y molestos.

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Tira que yo recojo

Barcelona es, por la forma en la que los vecinos se desprenden de la basura, como un gran mercadillo en el que el precio que se paga es la habilidad de cada un@ para dar con los tesoros que por un breve espacio de tiempo viven en la calle. La mayoría de las cosas que se tiran nunca llegan a manos del servicio de recogida de basuras y generalmente acaban teniendo una nueva vida al lado de un afortunado vecino que encontró sus necesidades cubiertas mientras paseaba por la calle.

librosLos trastos de otras personas han amueblado muchos de los pisos en los que he vivido en esta ciudad, las lecturas desechadas de vecinos desconocidos han animado mis tardes en el sofá (posiblemente recogido de la calle) y la ropa de mujeres con las que comparto talla pero no cafés han dado nueva vida a mi armario. En concreto, recuerdo perfectamente el 30 de mayo de hace dos años, cuando al volver para casa dimos con tres bolsas enormes llenas de prendas de ropa que parecían escogidas para mi: vestidos, camisetas y pantalones de una chica que según parecía se estaba mudando a otro país o a un piso sin armarios y dejó las prendas que ya no quería en su portal para darme una sorpresa por mi cumpleaños.

Este hecho también da pie a situaciones bastante cómicas como aquella vez que movimos un sofá desde la esquina de Casanova con Diputació hasta el Gótico usando dos monopatines y la paciencia del pobre John que se comió aquel pedazo de marrón con escaleras sin ascensor incluidas. O la vez que vaciamos aquel piso y en la calle unos espontáneos decidieron volver a montar nuestro salón con los sofás, la mesa del café y las lámparas para tomarse unas birras en plena calle Llibretería.

Nunca he vivido ni paseado por una ciudad en la que se encuentren tantas cosas por la calle como en Barcelona y es una de las cosas que más me gusta de ella. Filosofía de la reutilización sin zarandajas y gracias a la cual ayer me volví a casa con Reencuentro de Fred Ulhlman (Tusquets editores) y Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite (Siruela) debajo del brazo y sin más coste que la ligera capa de polvo que les tuve que quitar de la portada.

Y sin que tenga nada que ver, una lista de reproducción que se ha publicado hoy en Soviet Magazine y que se titula Ellas lo traen.

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Cosas de junio

Cosas que molan:

  • El calor
  • La playa y la sensación que se te queda cuando vuelves a casa, te duchas y te echas aftersun
  • La(s) terraza(s)
  • El Sónar y que me diese igual no ir. Como si no hubiese sucedido nada
  • Viajar a Asturias
  • Proyectos nuevos
  • Ir sin medias
  • El nuevo disco de Doble Pletina
  • Este Tumblr

Cosas que no molan:

  • Los petardos de San Juan en Barcelona (que a estas fechas ya han comenzado)
  • Las cucarachas dominando la ciudad
  • La invasión guiri que deambula lentamente y sin rumbo por las calles
  • Las medusas
  • La porquería mix flotando en el agua de la Barceloneta
  • La CEOE
  • La escasez de precios y horarios asequibles para llegar a Asturias. La Odisea fue un paseo en comparación.

listas

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Lo dice todo el mundo

La morriña es caprichosa y enrevesada y te ataca cuando menos te lo esperas. Y en estos días en los que en Barcelona no hemos dejado de sudar, nos anuncian nuevos parques temáticos sobre la destrucción del empleo digno, la especulación inmobiliaria o el blanqueo de dinero (y sigan así hasta 6) los verdes campos asturianos parecen de verdad el paraíso natural que se clama desde los carteles turísticos. Y aunque una sepa que no es sidra todo lo que reluce, se echa de menos y se mitifica la tierrina, qué se le va a hacer.

Ayer fue el Día de Asturias y el grupo Montañas estrenó este vídeo adelanto de lo que será su nuevo 12″. Y los que ya teníamos un poco de morriña, tuvimos un puquitín más. Será cabrona…

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Neoanarquismo radical

De verdad, de verdad, de verdad de la buena que he intentado no hacerlo pero es que las últimas declaraciones de Felip Puig, consejero de interior de Cataluña, han podido conmigo. Y es que ya está bien, oiga, ya está bien.

Yo, que no soy una joven antisistema (o por lo menos no me considero como tal, igual es que depende de la óptica de la que se mire) y que ayer salí a ejercer mi legítimo derecho de manifestación (al de huelga no puedo porque ya estoy en el paro) me vi atacada por las fuerzas del orden que, si a alguien se le olvida, pagamos entre todos y están para proteger a la sociedad no para dispararle como si fuesen animales en un coto de caza. Al desviarnos del río general de manifestantes, después de dos horas caminando, y llegar a la Plaza de Urquinaona nos vimos en medio de una batalla campal auspiciada principalmente por los Mossos d’Esquadra. Y que nadie me venga con contenedores quemados o Starbucks en llamas: tuvimos que protegernos detrás del kiosko de prensa porque esos policias, tapados hasta las cejas y sin identificación a la vista, disparaban a cualquiera que se atreviese a cruzar la calle. Señoras, señores, jóvenes y demás manifestantes que no llevaban ni “espinilleras, rodilleras y coderas para poder enfrentarse a los agentes” ni tampoco “ropa de recambio y botellas con líquido inflamable para provocar incendios”. En todo caso, señor Puig, esos serían sus agentes secretos vestidos de “neoanarquismo radical, del movimiento de los indignados, de movimientos antiglobalización y de sectores radicales universitarios”, a los que todos vimos con su pinganillo y sus ganas de reventar manifestaciones.

Violencia es amenazar con una porra a una persona desarmada, violencia es disparar balas de goma a ciudadanos que se manifiestan, violencia es salir de una furgoneta a perseguir a personas, violencia es poder repartir leña sin llevar una identificación a la vista. Inmunidad para los de siempre, mirar al dedo que apunta al cielo en vez de al cielo. Si ustedes no nos hubiesen llevado al límite, posiblemente no habría contenedores quemándose ni locales de multinacionales explotadoras ardiendo. Más violento que un contenedor calcinado es la falta de futuro, la falta de todo.

La jornada de ayer no transcurrió con normalidad ni dentro de los límites tolerables. Ayer, en Barcelona, los ciudadanos se vieron atacados por grupos violentos: los Mossos d’Esquadra. Y yo estaba allí: no lo he visto por televisión, ni lo he escuchado en la radio ni lo he leido en el periódico. Lo viví y lo cuento. Y usted, Puig y sus esbirros, cuenten lo que les de la gana.

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Lo pasamos de lo mejor

Concierto III Aniversario de Discos Humeantes en Barcelona.

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