Otoño bien y mal

otoño barcelones

Ya es otoño de manera oficial y respaldada por el calendario, pese a la ola de calor que mantiene el perlado de sudor intacto en las frentes de los y las que la sufrimos. Como todo en la vida, el cambio de estación trae sus cosas buenas y sus cosas malas, que se enumeran a continuación:

Bien

-Las castañas y el olor con el que impregnan las calles

-La vuelta a la actividad cultural, bastante muerta durante el verano: nuevas temporadas de series, conciertos, lanzamientos de libros y demás chucherías para alimentar nuestros cerebros, siempre necesarias.

-La añorada manga larga y los vaqueros, relegados al fondo del armario durante el periodo estival, que vuelven a salir a la luz.

-Los platos de cuchara, que podían suponer la muerte instantánea en agosto y que, por fin, vuelven a la mesa. Las lentejas molan, comida de viejas power.

-Las escapadas planeadas antes de que llegue la locura navideña que nos llevarán al hotel en Madrid en formato salón de colegas en el que se celebrará la convención anual de reencuentro de Diputació 167. Ganas mil.

-La manta para tapar los pies mientras se disfrutan de las novedades culturales mencionadas anteriormente. El sofá y la persona unidos en hermandad, la sublimación del confort.

Mal

-La progresiva resta de horas de luz que afecta inevitablemente al estado de ánimo de cualquiera en su sano juicio y que no haya nacido en algún país nórdico (y esté acostumbrado a ello prácticamente por genética). Que a las 6 de la tarde casi sea de noche es un bajón.

-El puñetero cambio de armario de temporada que nunca llego hacer y que tiene como consecuencia que mis bikinis sean compañeros de estantería de los jerseys de lana.

-Lavar el edredón nórdico para poder volver a usarlo o la odisea de la modernidad.

-Los marrones de curro que van alcanzando dimensiones monstruosas según se acerca el fin de año.

-El fin del reinado de la terraza como pieza principal del hogar.

-El frío que acabará llegando y sus consecuentes resfriados. La puñetera lluvia y sus consecuentes paraguas, instrumentos diabólicamente incómodos y molestos.

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