Dónde está la fiesta

De nuevo una jornada de elecciones, la misma historia de siempre: despertarse tarde con una sensación de malestar que puede desplazarse en un radio de fatal a más o menos (siempre son un domingo, no hay elecciones sin cierta resaca), comprobar que llevas el DNI, un cigarrito delante del colegio electoral, buscarse en las listas, meterse con el voto del otro, puede ejercer su derecho a voto, a disfrutar del domingo.

Ya van unas cuantas elecciones y la fiesta de la democracia cada vez tiene menos de todo. Las fiestas que a mi me gustan tienen poco que ver con esas listas de nombres que prometen di tú qué y que más bien se alinean esperando su turno por el poder (y que yo me imagino frotándose las manos de manera maligna) y lo que a mi me explicaron que era la democracia poco tiene que ver con esta tomadura de pelo que estamos viviendo desde esa cacareada transición que al final resultó ser mediocre y llena de fallos y mezquindades. Como casi siempre ocurre en este país.

Son casi las 19h y todo apunta a que los titulares de mañana van a repetir sin cesar la alta participación (además del nombre del ganador, claro) inventándose de paso unas cuantas razones que nada tendrán que ver con la realidad, como casi siempre pasa en este país también, dependiendo de para qué lado sople el viento en los despachos de los directivos que los manejan. Independencia, movilización, escaños, la voz del pueblo, pactos, mayorías, gran victoria, derrota aplastante, recuento… da pereza solo de pensarlo, no por falta de interés sino porque en realidad todo da igual, el placebo de la consulta electoral para un pueblo que en la cruda realidad solo es fuerza productiva y, últimamente más que nunca, mano de obra barata.

He ido a votar en todas las elecciones desde que he tenido edad para hacerlo pero mientras me vestía hoy para ir al colegio electoral me preguntaba si no sería esta la última vez. Y no porque en realidad nunca gane el partido al que voto o porque si sigue así la cosa puede que hasta nos vuelvan a quitar el derecho, como decíamos esta mañana entre risas, sino porque -aunque siempre me pasa un poco- hoy he votado por votar y sin creerme nada de todo esto ya.

Y en la mente, como un mantra: “ni dios, ni patria, ni rey, ni amo”. Al final va a tener razón Candela y voy a tener que ir al Ateneo.

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