Puntito rojo en Oporto

A principios de mes nos fuimos a Oporto, a ver si nos olvidábamos un poco de la cotidianidad y volvíamos a ver la parte positiva de todo esto. Una de las partes buenas de irte a otro país es que desconectas Internet en el móvil y no coges las llamadas porque sale todo carísimo, así que si alguien quería darnos malas noticias iba a tener que esforzarse mucho por hacérnoslas llegar.

Una vez me regalaron una libreta de fundas negras con un mapamundi pegado en la primera página para que fuese marcando los lugares del mundo que había visitado. Es una actividad que me encanta. París, Londres, Florencia, Nueva York, Estocolmo, Berlín. Un puntito rojo en cada uno, aquí estuve yo una vez y subí al Sacré Coeur, compré en Convent Garden, vi de cerca el David de Miguel Angel, di de comer a una ardilla en Central Park, pagué más de 5 euros por un café con leche, me saqué unas fotos en un fotomatón en blanco y negro. Puntitos aquí y allá, cuánto más lejos marcas uno, más te alegras.

Y sin embargo, muchas veces ni el nuestro ni  los países vecinos ni entran en nuestra lista de posibilidades de viaje futuras. No he estado nunca en Sierra Nevada y la primera vez que visité Portugal de manera consciente (había estado de pequeña en la parte del norte, en el típico viaje a comprar toallas en el primer pueblo tras pasar la frontera) aluciné. Estaba en Lisboa y era todo luz y amabilidad y pasteles de nata. Me encantó, me hubiese quedado allí a vivir montando en tranvía y escuchando el silencio en la Alfama, pero volví.

Manifestación contra los recortes

Ahora volvíamos a estar en Portugal pero en Oporto, que también tiene esa luz tan diferente y tan impresionante y puentes y unas cuestas que hacen que te den ganas de sacarte los pulmones y gente amable y un río para cruzarlo en un barquito y vino verde y azulejos con dibujos. Vimos todas esas cosas y más, claro. Nos encontramos con una manifestación contra los recortes, allí igual que aquí, comimos francesinhas, caminamos por Vila Nova de Gaia hasta llegar a  San Pedro de la Afurada, nos ardió la boca con las bifanas del Congas, nos deliciamos con la Super Bock a un euro en casi todos lados, cruzamos el puente de San Luis -cada uno con su vértigo-, vimos atardecer en el Duero, tomamos Bolo de Bolacha de postre, nos pusimos tristes al marchar.

Volvería a Oporto las veces que hiciese falta e incluso mientras paseábamos por sus calles nos preguntábamos cómo sería tener nuestra casa en uno de esos edificios de aire decadente, cómo sería que nuestra ropa fuese la que diese color a la ciudad al secarse al sol, como sería tomarse el café cada día en ese bar dónde habíamos desayunado. Al final, como siempre, acabamos cogiendo el vuelo de vuelta, pero quién sabe cómo sería. Fantasear todavía es gratis.

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