Año y pico después

Ayer fui a recoger las fotos de un carrete que dejé revelando hace unas semanas. Llevaba desde julio de 2011 (aprox.) en la cámara, sin que me hubiese acordado de él y las fotos que contenía eran toda una sorpresa: no recordaba cuándo las había tomado, ni a quién, ni pensando en qué. El único dato disponible era que el carrete era en blanco y negro.

Es raro ver de repente imágenes de la vida hace un año y pico: ahí estaba inmortalizado aquel día que acabamos comiendo vacío en el uruguayo de la Barceloneta, el patín aquel tan mítico que ponía no se qué del MACBA  y  la tarde que Aina y yo nos tomamos aquella birra y nos fumamos aquellos pitis en la playa. Y qué casualidad que pasó un año y pico desde que tomé aquella foto y la revelé, exactamente el mismo tiempo que tardamos Aina y yo en volver a vernos, esta vez sin playa porque llovía, pero con las mismas birras y los mismos pitis y la misma charla interminable.

Mucha lluvia y muchas cosas pasaron en todo este año y pico que el pobre carrete pasó a oscuras dentro de la cámara. Tenemos unas cuantas arrugas más y unas cuantas anécdotas llenando la bolsa que todos llevamos en la espalda. Muchas buenas, claro, pero otras no tanto y se nota en las conversaciones. La incertidumbre del ahora qué vas a hacer y el a no sabes a quién han despedido la semana pasada. Noticias de las que queremos y viven lejos y de los que conocimos aquí y allá, en aquel Madrid de nuestras nostalgias, no se quién se ha ido a vivir al extranjero también y el joder toda la vida igual pero ahora un poco peor.  Y toda esa precariedad vivida y por llegar, toda esa mierda que te encuentras de cara cada día mientras los de siempre se rascan la barriga engordando a costa del trabajo y la miseria de los demás, toda esa injusticia que nos escupe a los pies cada mañana.

Reír y llorar, que dice Kiko Veneno que no para de sonar de fondo, menos mal que somos más de lo primero que de lo segundo, eso todavía no han podido quitárnoslo. Y menos mal que nos queda también todavía la alegría del reencuentro y la emoción de revelar carretes en los que no sabes qué hay y lo reconfortante de una buena conversación al humo de un cigarro. Si casi todo lo demás apesta ni siquiera es culpa nuestra.

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