El verano eterno

Llevamos más verano del que una asturiana que vive en la parte mediterránea del país puede soportar. Y no por el verano en sí, al cual llevaba invocando desde el frío de diciembre, con sus rojeces y sus tiritonas y sus abrigos incómodos y sus bufandas que no sabes en dónde meter cuando entras en los bares. El verano es una gran estación, casi la mejor de todas dónde va a parar, pero es que este sol perpetuo está empezando a ser un sinvivir. Que lo apaguen ya, porque para alguien que tiene grabado a fuego en su ADN norteño que los días de sol hay que aprovecharlos y no quedarse en casa, que hay que ir a la playa, a hacer picnics al campo, salir a la calle, aprovechar que no llueve como si no fuese a parar nunca, es un suplicio. Y no consigo quitarme esa especie de losa meteorológica pese a que no tenga ningún sentido mantenerla cuando vives en una constante de mañanas soleadas y de cielos despejados.

Playa de Lastres, este verano

Hay que lidiar también con el ansia de viajar, que no sabía que tenía hasta que empecé a no hacerlo (viajar, me refiero). Tampoco es que estuviese todo el día haciendo maletas y desplegando mapas de países exóticos pero, antes de esta crisis que parece que invade hasta el más mínimo resquicio vital, cada año planeaba un viaje para el final del verano con los ahorros que había conseguido acumular después de todo un año trabajado. Ahora los ahorros son para por si acaso porque nunca se sabe qué va a pasar mañana, en octubre, el año que viene. La incertidumbre económica lo ha mandado todo al traste -y ya podían haber sido solo los planes de ocio- y cruzar el charco ha pasado a la categoría de “cosas que hicimos una vez y di tú cuándo volveremos”. Tampoco me puedo quejar y ponerme en plan pija llorica, que este año he cogido unos cuantos aviones aunque fuesen con restricciones en la maleta de mano y billetes impresos a costa del cliente y he comido pinchos en San Sebastián, celebrado cumpleaños en Palma y comido calamares servidos en bandejas gigantes mientras veía el anochecer del oriente asturiano. No, no es para quejarse, no.

Pero el ser humano y concretamente la que escribe mordió la manzana del desplazamiento desde su más tierna infancia, en la parte trasera de aquel Ford Fiesta color cielo que recorría España en las vacaciones familiares y ahora quiere más. Manías de niña mimada y una cierta lógica absurda -viendo como están las cosas- de que después de todo un año tecleando como loca para ganarme el pan me merezco, aunque sea, una minivacaciones. Lógica del trabajador de otra época, de cuando había derechos laborales ¿Recuerdan? Qué tiempos.

Después de mucho buscar, de hacer muchas cuentas, de buscar chollos de esos que a veces dicen que hay en sitios que se llaman Destinia, de mirar el calendario y de no querer mirar demasiado la cuenta corriente decidí (o alguien me indujo la idea, nunca se sabe) que Portugal era el destino perfecto. A Oporto nos vamos con una maleta de mano que no supere los 10 kilos y muchas ganas de pasar de todo pasándolo bien.

¿Sugerencias?

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