Todos queríamos a George

Lo único bueno de que nos hayamos sumergido ya en el gris y frío otoño (he experimentado por primera vez en esta temporada esta ponzoñosa sensación que es que se te congele la nariz. Supongo que el tamaño de la misma influye) es, a parte de poder sacar la gabardina del armario, el IN-EDIT, festival internacional de documentales musicales.

Seguramente si ustedes son habituales de este blog (gracias, por cierto) ya habrán leído alguna entrada anterior sobre el In-Edit porque, bueno, soy fan. Su programación siempre es variada y atiende a los variopintos gustos musicales del público, que pueden ir desde la rumba catalana hasta el hardcore. El eclecticismo es un rasgo a destacar de la organización, ciertamente. Las películas se proyectan en diferentes cines de la ciudad y hay ambientillo de festival (con lo bueno y lo malo que implica esta afirmación, ahí lo dejo).

Ayer por la noche fuimos a ver uno de los grandes títulos de esta edición “George Harrison. Living in the material world” de Martin Scorsese. Podría contaros que unos de los grandes culpables de que ya no pueda vivir sin música (¡oh!) son The Beatles. Que el primer cassette que tuve -exceptuando canciones infantiles y cuentos populares- fue de ellos y ni siquiera era un original sino un tributo que compramos un domingo en el rastro mi padre y yo y que con 11 años me daba igual. Que me sabía las canciones sin saber qué significaban o que una vez me enamoré hablando de John Lennon y más tarde volví a hacerlo hablando de ‘Something’. Los Beatles siempre han estado ahí para mi y se me sigue erizando la piel cuando estoy en cualquier sitio y de fondo escucho “I me mine”.

Pero no puedo decir que el documental de Scorsese me encantase. Me gustó mucho, porque después de John Lennon, George era el que mejor me caía (aunque antes me hubiese ido de copas con Ringo, claro) pero 3 horas y 45 minutos de documental -dato añadido: estábamos en el extremo izquierdo de la segunda fila, un sitio un tanto incómodo- se dicen pronto. Sobre todo si el documental exalta la figura de Harrison pero no da ninguna visión negativa del músico. Sí, tenía mala leche y parecía que tenía un carácter cambiante, dos caras y tal, pero ahí se queda. Esos sólo eran rasgos anecdóticos dentro de la personalidad extraordinariamente estupenda de Harrison y además, se presentaban casi como virtudes.

Puede que de verdad George Harrison fuese tan bueno y tan estupendo como lo pintan pero a alguien le caería mal, digo yo. Me faltó que después de Ringo recordando lo que le quería hubiese salido, no se, un amigo al que le dejó a deber 100 libras o una chica a la que no volvió a llamar después de acostarse con ella o un técnico de sonido al que contestaba fatal siempre. Porque era humano ¿No? De eso van las personas: somos buenos y malos, no siempre acertamos y no todas las veces podemos arreglar las cosas que hacemos mal. Más que un documental, la cinta de Scorsese me pareció un homenaje a Harrison, un vídeo familiar con imágenes de archivo. Y todo bien pero Scorsese, tío: esperábamos un poco más de ti.

El trailer del documental (si se deciden a verlo póngase cómodos)

Y un temón de Harrison, para el sábado:

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