En Grand Central Station me senté y canté

Los que no creemos en Dios también necesitamos nuestras dosis de misticismo, simbolismo o como quieras llamarlo. Como no creemos que exista un ser superior al que tenemos que rendirle cuentas, ni creemos en las apariciones marianas ni en los hechos que son obra de Él, ni en santos ni mártires ni en una eternidad por encima de las nubes y alas blancas, buscamos nuestras dosis de espiritualidad atea en otras cosas. Porque ese misticismo de los religiosos no es otra cosa que ese sentimiento de plenitud y bienestar que de vez en cuando nos invade a los humanos, seres imperfectos y con tendencia al sentimentalismo. Los creyentes lo asocian a Dios, los ateos a la música, el alcohol, los buenos momentos con amigos, las noches en las que cualquier cosa es posible, las casualidades, las cosas buenas de la vida. Porque es esa sensación, el momento en el que piensas: “Eh, ahora mismo todo está bien” y sientes una especie de calor en el plexo solar la que permite a los creyentes el seguir con su fe y al resto de los mortales no tener ganas de cortarnos las venas.

Cada uno busca lo que le provoca esa Great Sensation . Como ya hemos mencionado antes, para unos será la música en directo, para otros el fútbol y para otros los viajes. En mi lista personal seguro que están la primera y la última de esas tres enumeradas hace un instante. La emoción que sube por la boca del esófago cuando el avión despega, los nervios que te entran cuando por la megafonia del tren suena el nombre de la ciudad donde te están esperando, la primera vez que oyes un ruido ambiente que no se parece en nada al que suele rodearte, la euforia de hacer clic en el botón de “comprar ahora” y saber que en X días vas a estar allí. Una actividad que se remonta mis recuerdos más antiguos, en el Ford Fiesta azul de mis padres, que si corría mucho por la autopista sonaba como un avión; que fue uno de los primeros síntomas de la libertad que te va proporcionando la edad; que se convirtió poco a poco en una de las razones para madrugar cada mañana y fichar en la redacción. Los años los recuerdo un poco por los viajes que hice y los pienso por los viajes que haré.

Queda muy poco para que me suba en un avión y empiece uno de los viajes que llevo queriendo hacer desde hace más tiempo. Y como no sólo de moverse por el planeta vive el humano, aquí dejo una lista con canciones ideales para viajes, ya sean físicos o espirituales. Se llama “En Grand Central Station me senté y canté” en claro homenaje (el agudo lector ya habrá detectado la referencia) a la genial novela y a las cosas buenas de la vida.

Otro que sabe mucho de viajes y de gran des bandas sonoras para ellos es Wes Anderson. Siempre recomendable.

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