Dónde cabe uno

Diane Keaton le dice a Woody Allen en el final de “El dormilón” que las relaciones sentimentales entre hombres y mujeres hace tiempo que se extinguieron, después de que se demostrarse que no funcionaban. En la película, los personajes vivían en un supuesto futuro imaginado en los años 70 de la década pasada y aunque por el momento no tenemos orgasmatrón ni vestimos todos de blanco (menos en el imaginario ibicenco), tampoco hemos conseguido demostrar que las relaciones entre ambos sexos funcionen perfectamente.

La guerra entre géneros huele a rancio de tanto repetida. Ha sido utilizada hasta la saciedad en el cine, en la literatura y en cualquier expresión cultural, pero ahí sigue estando, agazapada en la cotidianidad. Puede que en vez de guerra ahora haya pasado a ser una especie de “Lost in traslation”: algo se pierde en el proceso de comunicación entre ambos sexos, pero el mensaje nunca llega a ser comprendido del todo por el otro. Llega un momento en el que una pareja que lleva un tiempo manteniendo una relación (más o menos, depende de los casos) decide empezar una vida en común viviendo en la misma casa. Y con la copia de las llaves, parece que también se incorpora a los efectos personales de cada uno un nuevo lenguaje incomprensible para el otro.

Quede constancia sobre el papel virtual que no hablo de mi caso en particular, ni siquiera hablo en concreto de ninguno. Esta reflexión es fruto de la observación y muchas conversaciones mantenidas últimamente. Por mucho que los Ministerios de Igualdad y expertos en teorías quieran hacernos pensar, las parejas heterosexuales del 2010 en España siguen acarreando el lastre de una educación eminentemente machista en la que la equidad entre ambos miembros de la pareja se queda como mucho en el reparto de tú friegas los platos y yo limpio el salón. Y eso, cuando hay reparto.

Da igual que tus padres hayan sido unos hippies comeflores o unos chaquetapana que votaban socialista (cuando eso aún significaba algo). Seguimos reproduciendo roles con los que intelectualmente no comulgamos, pero que en la práctica nos salen solos, como si de tics nerviosos se tratasen. Como seguramente le pasaría a la generación anterior, algo ha cambiado con el tiempo, pero lo cierto es que en las parejas que actualmente se van a vivir juntas o empiezan una vida en común, la mujer sigue siendo la que “aguanta”. La que aguanta que además de un novio o un marido le haya tocado cargar con el “Síndrome de Peter Pan” de éste, que como buen inmaduro, busca una mamá que le saque las castañas del fuego en todos los aspectos de la vida y además, le quiera y le mime como él se merece, porque es el príncipe de la casa.

Así, ellas se desesperan intentando reeducar al tío con el que comparten el baño, sintiendo que están traicionando sus ideales feministas cada vez que le fríen un huevo mientras él se queda en el sofá y ellos se aburren de las riñas constantes de su novia al borde de la histeria (a la que paradójicamente, seguramente le espeten un: “¿Pero quien eres ahora, mi madre?”). Y ahí empiezan los reproches, los lloros, los nervios, la presión, la sensación de incomprensión y soledad aliñados con cierto toque de victimismo y con mucha frustración por la parte femenina; y el hastío, el malhumor, la ansiedad, el aburrimiento y la total incomprensión por la parte masculina.

¿Estoy diciendo entonces que la vida en pareja es una mierda? No, claro que no, ni mucho menos ¿Pienso que es perfecta? No, tampoco. Creo que la idea de igualdad en la pareja sigue siendo de una manera para el género masculino y otra para el femenino y que fregar un plato o darle al botón de la lavadora no significa que haya un reparto del peso del hogar equitativo. Una casa o una vida en común implica muchas más cosas que la limpieza o hacer la compra: supone tomar decisiones, afrontar problemas, cuidar sentimientos y mantener un cierto equilibrio y mientras sigamos siendo las mujeres las que cargamos con la mayor parte, ni hay igualdad ni la vida en pareja será ese anuncio de Ikea tan bonito.

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2 comentarios

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2 Respuestas a “Dónde cabe uno

  1. espita

    ayy! nena!
    complicated!

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