Vacaciones en Babia

El otro día leí en el cuadernillo de verano que en esta época incluyen los periódicos en sus páginas centrales, un reportaje en el que se le preguntaba a una serie de personajes famosos cuáles eran sus principales recuerdos del verano. Por supuesto, el reportaje tenía el poder de hacernos evocar -a los lectores- nuestros propios veranos pasados por encima de las anecdotillas de los famosos, sólo interesantes para ellos al igual que ocurre con las nuestras.

Así que, con mi facilidad extrema (son años de entrenamiento) para quedarme en Babia, me puse a recordar aquellos viajes por España con el Ford Fiesta azul cielo de mis padres lleno hasta los topes. Cada año a un sitio, Galicia, Cataluña, el Levante, campings de todo el territorio nacional dónde pintaba piedras de colores con otros niños para vendérselas a los turistas y dónde hacías amigos para toda la vida que no volvías a ver jamás. Más tarde la primera adolescencia trajo veranos en un pueblo costero de Asturias dónde disfrutaba de la libertad que no tenía el resto del año. Los veranos de hacer un montón de cosas por primera vez: el primer cigarrillo, la primera copa, los primeros amores, la pandilla gigante con amigos de tres meses al año, una especie de Verano Azul revisitado y sin Chanquete ni guitarras pero con el mismo espíritu un tanto naïf y tan divertido. Vacaciones interminables con toda la familia apiñada en una casa en permanente movimiento y esa indolente rutina de desayuno, playa, comida, ducha, a la calle y así sin cansarte nunca, hasta toda una vida podrías haberte quedado así. Sin embargo toda una vida a veces no dura tanto y después los veranos se convirtieron en prácticas de periodismo no remuneradas en los medios locales, el volver a casa de papá y mamá a comer bien y a los amigos de siempre. Y también el primer viaje sin adultos de por medio con todas las ganas de aventuras que se pueden tener con esa edad.

Ahora los veranos son de trabajo, porque ya no duran esos increíbles 3 meses con los que te engañan al principio -te creías que así serían siempre por una cláusula en la declaración de Derechos Humanos-, son de esperar a que lleguen las vacaciones firmadas por convenio que se reparten entre visitar a la familia y conocer una nueva ciudad. De vez en cuando pisamos la playa como domingueros que somos y de reojo me cuelo en los veranos de los demás, a los que veo disfrutar de ese pueblo costero en el que la rutina es tan agradable que para qué improvisar y el “a las 3 subimos a comer” que se les dice a los niños y los adolescentes que se esconden de sus padres en la misma playa. Y me dan ganas a veces de subirme yo también y pedir una especie de asilo sentimental para que el verano vuelva a ser como era aunque sólo sea por un ratito.

Al final mis anécdotas son tan poco interesantes como las de esos famosos del periódico, pero son las mías y qué se le va a hacer.

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