Cul de Sac (Callejón sin salida)

“O el sistema estalla o nos lleva con él”. Estas fueron las palabras que utilizó Baudrillard en Madrid en el 2005 durante su última conferencia en nuestro país, a la par que en los barrios de las afueras de París la calma reventaba a manos de la furia alimentada por la impotencia de la falta de futuro y la discriminación racial.

La noche del 27 de octubre de 2005 pocos se imaginaban la cadena de acontecimientos que estaba a punto de desatarse: en el distrito de Clichy-sous-Bois, dos adolescentes musulmanes de origen africano de 15 y 17 años, se electrocutan al esconderse de la policía que les persigue en una torre de alta tensión. El suceso salta a la luz pública y Nicolás Sarkozy, ahora presidente de Francia y ministro del interior en aquella época, enciende el fuego de la rebelión calificando a los adolescentes fallecidos y a los manifestantes iniciales de “escoria”. Al igual que la mecha de un cartucho de dinamita, la violencia comienza a encenderse, de banlieue en banlieue, llegando a otras áreas de Francia e incluso a otros países como Alemania, Holanda o Suiza. Los días pasan y los altercados van haciéndose cada vez más intensos hasta llegar a su punto álgido en la noche del 5 de noviembre, cuando se contabilizaron 1.295 vehículos incendiados, 312 detenidos y un sinfín de desórdenes en diversas ciudades. “Para que salgan de una vez por todas de dudas, hemos decidido crear un movimiento de pánico general. Así estamos seguros de que no nos olvidaran y sabrán que si nos levantamos no es porque somos islamistas, sino porque nos han despreciado y dejado en el olvido social. Esto no es una guerra islamista. Es la voz de lo que el Estado llama Zonas Urbanas Sensibles”, declaraba uno de los participantes en los sucesos.

Multitud de análisis se realizaron al respecto de la toma de las calles por parte de los jóvenes de los guetos. Mientras Sarkozy intentaba maquillar la situación aparentando una calma injustificada, en las universidades se mencionaba de nuevo a Debord y sociólogos se encontraban con un nuevo fenómeno: los jóvenes que protagonizaban los disturbios no eran en su mayoría inmigrantes, sino que eran hijos de inmigrantes que habían nacido en Francia y no quemaban los coches de los ricos, sino que atacaban directamente a los bienes que les pertenecían a ellos o a sus vecinos. Los coches que quemaban eran los coches de sus barrios, así como las lunas de los comercios que rompían a pedradas. Era un ataque al sistema desde la base, era el Situacionismo en acción, atentando directamente contra las clases sociales, contra la vida occidental de aburguesamiento y espectáculo, que les relegaba directamente a la invisibilidad social y a la marginación. “El sistema es irreversible, pero sí hay una reversibilidad que nace del corazón del propio sistema”, apuntó Baudrillard en Madrid.

Pero parece ser que no era el momento de tal cambio, y después de tres semanas de revueltas en las que se llegó a decretar el toque de queda (reactivación de una ley dictada durante la guerra con Argelia en 1955) y a prohibir cualquier tipo de concentración en París, Sarkozy se quitó la máscara y sacó a la luz sus verdaderos instintos: decretó la expulsión de todo inmigrante que hubiese tenido algo que ver con las revueltas y anunció ante el Parlamento que 120 imputados por disturbios serían expulsados inmediatamente. Pim, pum ¡fuera! Pese a todo, los incidentes continuaron, mientras los políticos franceses como Jacques Chirac llamaban a la calma y realizaban comentarios conciliadores y políticamente correctos ante el desmadre del orden público. “Sin importar nuestro origen, somos todos hijos de la República y todos tenemos los mismos derechos”, afirmaba con un punto hasta naïf. Días después los disturbios se van apagando a la par que la presión policial y el número de detenidos aumenta. Los medios de comunicación tanto franceses como internacionales dejan de hablar del tema y la opinión pública pasa a preocuparse por otras noticias, otros ámbitos, olvidando París y sus guetos de nuevo.

Las revoluciones se producen en los callejones sin salida”, dijo Bertolt Brecht y pocas cosas más parecidas hay que los guetos parisinos a los callejones sin salida, cul de sac se llaman en francés. Dos años después, el mismo callejón sin salida, el mismo polvorín que vuelve a encenderse. La historia se repite de nuevo y casi punto por punto: dos adolescentes mueren al chocar con su motocicleta con un coche de policía que se da a la fuga después de herir gravemente a los jóvenes. Las autoridades ponen en tela de juicio los hechos, pero varios testigos confirman lo ocurrido y la ira vuelve a las calles. La noche ampara los disturbios y el fuego vuelve a iluminar los cielos de París, mientras los cristales rotos y los golpes hacen las veces de banda sonora y los desórdenes se extienden desde la balieue de Villiers-le-Bel a otros como Garges-Is-Gonesse, Goussainville, Ermont-Eaubonne, Cergy, Sarcelles y Gonesse.

Esta vez la reacción de Sarkozy no se hace esperar y ya como presidente del estado conservador ordena un espectacular despliegue policial. Sin embargo no le es fácil reducir a los jóvenes del extrarradio que han echado mano de las armas y han conseguido herir a cerca de 80 policías, 10 de ellos por disparos. Se trata de “odio a los maderos”, una reacción visceral ante las fuerzas del orden, a las que identifican como causantes de la muerte de los dos adolescentes y como abanderados de la represión y los abusos.

Los disturbios vuelven a resolverse con mano dura. El jefe de los informes generales de uno de los barrios del extrarradio parisino lo explica claramente: cuanto más duras son las sentencias en los tribunales, más rápido se calman las calles. Tienen el referente de 2005 y no tienen previsto que la violencia se extienda mucho tiempo. Con Sarkozy dando órdenes, la prioridad absoluta es encontrar a los causantes de los disparos a la policía y reprimir cualquier conato de rebelión desde las clases bajas. El objetivo oficial del Estado francés es aparentar firmeza, pero también intentar parar una escalada de negativa al orden establecido que sabe que puede hacer peligrar su statu quo. Por eso se inician operaciones policiales especiales que llegan hasta febrero de 2008, en un afán presidencial de encarcelar y castigar a los autores de los disparos, estableciendo una suerte de estado de sitio: se reparten octavillas entre los vecinos de las banlieues para que identifiquen a los perseguidos, se realizan pruebas de ADN entre todos los objetos relacionados con los buscados que pueden conseguir (hasta cristales de litronas en las plazas), verificaciones telefónicas y constantes helicópteros sobrevolando las posibles zonas conflictivas. El Ministerio del Interior ha prometido que los entregarán a la justicia: es la persecución incansable, el castigo ejemplar del Estado -de todo el sistema-, ante aquellos que se rebelan utilizando la violencia cómo único medio conocido, violencia que les será devuelta con otros modos, otras formas, pero con igual fuerza. En unos tiempos inciertos en los que el flujo migratorio de las personas se trata como antinatural en un claro ejercicio de olvido motivado y un racismo solapado en proteccionismo cala en Europa, los disturbios continuados de París sólo reflejan el estado de la balanza y repiten a escala occidental lo que ocurre en otros tantos lugares de conflicto: el poder gana, la economía impone sus dictados y la memoria se borra convenientemente para el cacareado Estado del Bienestar. No prestarles atención ni sacarlos a la luz supone una permisividad que nos acabará convirtiendo en cómplices cuando quizás ya sea demasiado tarde y los disturbios de París no sean más que el embrión de un abuso que se repite.

Artículo publicado en la revista Central #6

Mayo 2008

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7 comentarios

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7 Respuestas a “Cul de Sac (Callejón sin salida)

  1. Ya era hora de novedades en tu blog.

    Yo, más que novedades, tengo transformación. Ya verás cuando esté acabado, ya.

  2. 1,522 hits son muchos hits

  3. Debes saber, añorada Friol, que los topos existen. Y no son solo animales. También existen en las empresas. En cada empresa hay, como mínimo uno. Esto es así, lo sabe todo el mundo. Lo que normalmente no se sabe es de quién se trata. Puede ser el que consideras tu mejor “colega”. A veces, llevan el disfraz de la reivindicación, o el de el compañero cachondo…

    Ahí están, los topos. A nuestro alrededor.

  4. O sea, Friol… ¿de qué vas? ¿Tú sabes las pesadillas que yo tenía con series de ese tipo? Que si Fraguel Rock y la puta montaña de basura, que si los Aurones, que si el Cuentacuentos (esta era la peor, me la tuve que comprar por Amazon el año pasado para superar el trauma), … ¿Qué quieres, que tenga que descubrir esta serie de “gente dentro de topos” pesadillescos y lo pase mal otros 20 años? ¿Eh? ¿Eso quieres?

  5. Multitud de análisis se realizaron al respecto de la toma de las calles por parte de los jóvenes de los guetos. Mientras Sarkozy intentaba maquillar la situación aparentando una calma injustificada, en las universidades se mencionaba de nuevo a Debord y sociólogos se encontraban con un nuevo fenómeno: los jóvenes que protagonizaban los disturbios no eran en su mayoría inmigrantes, sino que eran hijos de inmigrantes que habían nacido en Francia y no quemaban los coches de los ricos, sino que atacaban directamente a los bienes que les pertenecían a ellos o a sus vecinos. Los coches que quemaban eran los coches de sus barrios, así como las lunas de los comercios que rompían a pedradas. Era un ataque al sistema desde la base, era el Situacionismo en acción, atentando directamente contra las clases sociales, contra la vida occidental de aburguesamiento y espectáculo, que les relegaba directamente a la invisibilidad social y a la marginación. “El sistema es irreversible, pero sí hay una reversibilidad que nace del corazón del propio sistema”, apuntó Baudrillard en MadridPero parece ser que no5a8 era el momento de tal cambio, y después de tres semanas de revueltas en las que se llegó a decretar el toque de queda (reactivación de una ley dictada durante la guerra con Argelia en 1955) y a prohibir cualquier tipo de concentración en París, Sarkozy se quitó la máscara y sacó a la luz sus verdaderos instintos: decretó la expulsión de todo inmigrante que hubiese tenido algo que ver con las revueltas y anunció ante el Parlamento que 120 imputados por disturbios serían expulsados inmediatamente. Pim, pum ¡fuera! Pese a todo, los incidentes continuaron, mientras los políticos franceses como Jacques Chirac llamaban a la calma y realizaban comentarios conciliadores y políticamente correctos ante el desmadre del orden público. “Sin importar nuestro origen, somos todos hijos de la República y todos tenemos los mismos derechos”, afirmaba con un punto hasta naïf. Días después los disturbios se van apagando a la par que la presión policial y el número de detenidos aumenta. Los medios de comunicación tanto franceses como internacionales dejan de hablar del tema y la opinión pública pasa a preocuparse por otras noticias, otros ámbitos, olvidando París y sus guetos de nuevo
    =====================
    I honestly am not sure about this one. I have a different point of view. But anyway …

    cheers, Persecutor.

  6. Pingback: White Riot o cómo acabar con una marca « Laespumadelosdias’s Weblog

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