2013: se acabó lo que se daba

No están ordenadas por importancia, solo agrupadas por bien y mal ¿El balance general? Un año difícil pero interesante y mejor que el 2012. Aunque eso tampoco lo tenía muy difícil.

Cosas malas del 2013

  • La situación político-social que vive este país y los impresentables que nos gobiernan.
  • Las condiciones laborales de los que tenemos trabajo(s).
  • La cuota de autónomos, la burocracia en general.
  • La epilepsia maldita: vete, que nadie te llamó.
  • El éxodo generalizado de amigos y amigas fuera de este país: Skype como nuevo bar de moda.
  • Los quebraderos de cabeza provocados por las anteriormente mencionadas malas condiciones laborales, papeleos y problemas de autoridad (ajenos) mal gestionados. La incompetencia y el ser un lameculos como garantía de éxito.
  • Gallardón y sus colegas.
  • Los problemas de salud familiares, el paso del tiempo.
Adiós 2013

Adiós 2013

Cosas buenas del 2013

  • Ser profesora y aprobar a todos mis alumnos y alumnas.
  • Laboralmente, conseguir objetivos como publicar en medios como SModa, Barcelonés o Playground.
  • La casa del Raval y su terraza, en donde tan bien lo hemos pasado.
  • El viaje a Roma.
  • Las visitas a Madrid, a Asturias, a Extremadura.
  • Volver a tener bici de nuevo (¡Gracias Ainhoa!)
  • Teo, su mamá y su papá. A happy family!
  • Los reencuentros con amigos y amigas que se han sucedido por los diferentes puntos de la geografía española. Lejos pero cerca.
  • Las noches, los vermús y todos los momentos compartidos con amigos en Barcelona. Menos mal que resistís con nosotros.
  • La familia.
  • Y Javi, por supuesto. Y todo lo que aprendimos.

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De mi a mi

La periodista Delia Rodríguez abrió la veda con su lista de consejos a su yo estudiante de periodismo de hace ya unos cuantos años. Una especie de “Hola, vengo desde el futuro para comentarte” pero sin ser un anuncio de detergente. Evidentemente no pude evitar sentirme representada en muchos de ellos -especialmente en el punto de “No intentes buscar la excelencia en los estudios. Quieres ser una buena periodista, no una buena estudiante de periodismo”- por no decir en todos. Ese artículo dio pie a varios artículos más de periodistas que se daban consejos a su yo del pasado y de paso a todos los periodistas jóvenes que pasaran por allí. De nuevo imposible no sentirse reconocida en ellos, por lo menos en muchos de sus puntos.

periolista3Después de leerlos, empecé a darle vueltas a los consejos que tendría que darle a mi yo del pasado, al que hace doce años ya puso los pies en Madrid por primera vez en su vida dispuesta a convertirse en periodista, en adulta y a pasárselo muy bien. Una de esas cosas sucedió seguro, la otra no fue responsabilidad mía sino más bien del tiempo y en la otra aún estoy trabajando. A mi yo del pasado le diría muchas cosas, como casi todo el mundo al suyo, pero aquí van algunas relacionadas con la profesión.

-Estudiar periodismo en la Universidad Complutense de Madrid es una de las mejores decisiones que has tomado en tu vida. No por la carrera, que todos sabemos que sirve más bien para poco, sino por irte de casa de tus padres pronto, aprender a sacarte las castañas del fuego rápido y a darte cuenta de que había muchas cosas más allá del círculo de protección del círculo habitual y las montañas asturianas. Y porque sí que era (es) vocación.

-Pocos de tus compañeros y compañeras acabarán siendo periodistas de verdad. Muchos acabarán currando en “el otro lado” (gabinetes, agencias, etc), otros se buscarán la vida por otros lares profesionales y otros os empecinaréis en sobrevivir del sector (algunos con más facilidades que otros, claro). Y sí, son los que te imaginas. Exactamente esos.

-Aprovecha toda la veintena para pasártelo bien y hacer lo que te de la gana, en lo personal y lo profesional. Cuando se vayan acercando los 30 te empeñarás en no conformarte con otros curros mediocres y trabajarás como una mula para conseguirlo. Contenta (unas veces más que otras) pero como una mula. A los 30 aún seguirás en ello, ánimo.

-El día que tu padre puso Internet en casa te cambió la vida de una manera que no te ibas a imaginar ni por asomo. Seguirás teniendo el fetichismo del papel, pero la Red te dará la oportunidad de hacer lo que verdaderamente te interesa y te abrirá muchas puertas. Y sí, no lo dudes, sigue con el blog este que no lee casi nadie.

-Te va a tocar comer mierda laboral en cantidades considerables. Además, cuando estés empezando a sentirte cómoda en el sector vendrá una crisis que lo pondrá todo patas arriba y un gilipollas tu jefe te echará de tu trabajo de redactora al volver de vacaciones. En su momento te enfadarás mucho porque será injusto, pero un par de años después te darás cuenta de que fue lo mejor que te pudo pasar. Tendrás un año de paro para poner en marcha un montón de ideas y aprenderás muchas cosas. Será difícil, pero capearás el temporal.

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-Un periodista es su agenda. Alguien te lo dirá en una de esas redacciones en las que harás prácticas (y en las que aprenderás lo que es el periodismo) y con el tiempo te darás cuenta de la razón que tenía. Échale morro y aprende a guardarte todas las tarjetas, teléfonos, direcciones de correo y bases de datos que tengas a tu alcance y utilízalas cuando lo necesites. Chica lista.

-La profesión está llena de gente que sabe mucho más que tú. En algunos casos será verdad y en otros solo será soberbia y pedantería de puros wannabes. Aprende de los primeros y pasa de los segundos.

-Todas esas horas en la cafetería de la universidad, las noches en los bares y las tardes en la filmoteca, los libros, los conciertos y los viajes te servirán mucho más que todas las clases que te perdiste por estar haciendo todas esas cosas. No te arrepientas y sácales jugo. Y a tu capacidad innata para el cotilleo también, te será muy útil.

-No te olvides de quien eres ni de donde vienes. La humildad siempre por delante. Lo pasarás muy bien y a veces muy mal, pero afortunadamente durante estos 12 años has conseguido conservar y rodearte de amigos de verdad y de gente a la que quieres que te ayudará en lo primero y en lo segundo.

-Aprende a hacer facturas. Acostúmbrate a vivir con (muy) poco dinero. Aprieta los dientes y fíate del instinto. Y apunta las cosas importantes en una agenda, lleva siempre contigo papel, boli y grabadora y cómprate un mechero de una vez, que eres un puto desastre.

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Besis.

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Esto no es una bicicleta

A la vuelta de la esquina de nuestra calle hay un bar (bueno, Granja como se llaman algunos locales aquí en Barcelona) de los de toda la vida. Forrado de madera hasta su último resquicio -barra, paredes, bancos, mesas, estanterías- tiene fotos de platos y bocadillos tomadas en los años 80, hacen un café infame que te sirven hirviendo y todo esta recubierto por una ligera capa de grasilla que se ha ido asentando cómodamente con el paso de los años y el esfuerzo de una plancha trabajadora. Es nuestro bar del barrio preferido: sus dueños, no excesivamente mayores, son gente hostelera de vocación o, al menos, con buena mano. Él siempre está tras la barra, atento al que entra con el “Señorita” o “caballero” preparados para saludar, guiño de ojo al quite, pocillo en mano preparado para el café, rapidez y eficiencia a precios más que razonables. Un oasis en la ciudad del postureo.

raval gentrificadoHace un par de semanas abrieron una hamburguesería justo debajo de casa. Antes no me acuerdo que había, puede que nada. Es muy bonita: mesas de madera de aspecto antiguo, colores pastel, pizarritas para poner el menú o las recomendaciones, una mesa comunitaria o para grupos grandes, decoración cuidada con bicicletas colgando de las paredes. Las camareras son jóvenes y lozanas, con aspecto de intelectuales que han viajado por el mundo y que han heredado el armario de juventud de sus madres ¿Precioso, verdad? Oiga, pues no. Además de ser cara (por mucho que lleve gourmet en el apellido, una hamburguesa no deja de ser un bocadillo de carne picada, imbéciles aún no somos) es lenta, lenta, lenta. Como una película coreana de arte y ensayo, como la espera en la cola del baño en un festival, como el invierno de tus días. No quiero que me sirva una poetisa con problemas económicos que curra ahí para sobrevivir: quiero que me atienda un profesional de lo suyo, alguien que sabe de hostelería y de atender a su clientela. Un poco de respeto por la profesión.

Ese fue uno de los muchos síntomas de la gentrificación acelerada que está sufriendo el barrio, en proceso de transformación desde hace muchos años ya, pero al que por muchos esfuerzos que hubiese llevado a cabo el Ayuntamiento aún no había conseguido reducir del todo. Pero lo que planes urbanísticos e iniciativas institucionales no habían conseguido en años de maquiavélicos esfuerzos, lo van a lograr empresarios del preciosismo en menos de un año.

Está claro que nosotros mismos encajamos perfectamente en ese público objetivo al que se dirigen esos locales abanderados de la gentrificación: treintañeros con profesiones liberales y pinta de hipsters, con inquietudes culturales que destinan parte de sus (más bien escasos) ingresos al ocio y el disfrute. Unos modernillos al uso, de manual, pero no por ello faltos de crítica o de capacidad de análisis para comprender qué sucederá si la transformación del barrio sigue el camino que ya ha comenzado. Claro que me gustan los locales bonitos tipo foto de Instagram, pero no quiero vivir en el decorado de una película de Zooey Deschanel y no quiero que se me intente convencer de que esa es la única opción.

La última vez que estuve en Madrid, se me cayó el alma a los pies al llegar a Malasaña: el barrio en el que pasé las noches de mi primera veintena con sus bares, su gente en la calle y su emoción había sido sustituido por un montón de cafeterías, tiendas de pasteles y ropa de niños a precios de Mónaco. Quizás nos hemos hecho mayores y ya no aguantamos hasta las 8 de la mañana bebiendo latas de cerveza por las calles (o sí) pero tampoco creo que nos hayamos convertido en señoras que toman el té con magdalenas con merengue por pura diversión. Y las bicicletas son para utilizarlas, no para colgarlas de ninguna pared, que no sois René Magritte, por favor.

esto no es una bicicleta

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Otoño bien y mal

otoño barcelones

Ya es otoño de manera oficial y respaldada por el calendario, pese a la ola de calor que mantiene el perlado de sudor intacto en las frentes de los y las que la sufrimos. Como todo en la vida, el cambio de estación trae sus cosas buenas y sus cosas malas, que se enumeran a continuación:

Bien

-Las castañas y el olor con el que impregnan las calles

-La vuelta a la actividad cultural, bastante muerta durante el verano: nuevas temporadas de series, conciertos, lanzamientos de libros y demás chucherías para alimentar nuestros cerebros, siempre necesarias.

-La añorada manga larga y los vaqueros, relegados al fondo del armario durante el periodo estival, que vuelven a salir a la luz.

-Los platos de cuchara, que podían suponer la muerte instantánea en agosto y que, por fin, vuelven a la mesa. Las lentejas molan, comida de viejas power.

-Las escapadas planeadas antes de que llegue la locura navideña que nos llevarán al hotel en Madrid en formato salón de colegas en el que se celebrará la convención anual de reencuentro de Diputació 167. Ganas mil.

-La manta para tapar los pies mientras se disfrutan de las novedades culturales mencionadas anteriormente. El sofá y la persona unidos en hermandad, la sublimación del confort.

Mal

-La progresiva resta de horas de luz que afecta inevitablemente al estado de ánimo de cualquiera en su sano juicio y que no haya nacido en algún país nórdico (y esté acostumbrado a ello prácticamente por genética). Que a las 6 de la tarde casi sea de noche es un bajón.

-El puñetero cambio de armario de temporada que nunca llego hacer y que tiene como consecuencia que mis bikinis sean compañeros de estantería de los jerseys de lana.

-Lavar el edredón nórdico para poder volver a usarlo o la odisea de la modernidad.

-Los marrones de curro que van alcanzando dimensiones monstruosas según se acerca el fin de año.

-El fin del reinado de la terraza como pieza principal del hogar.

-El frío que acabará llegando y sus consecuentes resfriados. La puñetera lluvia y sus consecuentes paraguas, instrumentos diabólicamente incómodos y molestos.

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Autombombo animado II

Una nueva entrega de esta no-sección en la que enlazo a cosas que he ido publicando por ahí últimamente y, de paso, pongo gifs animados, que son lo más. Suficiente para un domingo de otoño.

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SModa

Más moda y menos postureo

Ni vermú ni gin tonic: ahora lo que se bebe es mezcal

De vírgenes suicidas a icono generacional

Mi mamá escribe un blog ¿y la tuya?

Por qué nunca nos cansaremos del tropicalismo

Reivindicando el ojo femenino tras la cámara

pequeño pony

Soviet

Tres hombres en una barca

Tricot

eye

 

Vanidad

Moda en libros: Cómo ser mujer

Moda en libros: La figura de Coco Chanel

Moda en libros: El mundo según Karl

Moda en libros: autobiografía de Diana Vreeland

 

 

 

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Roma pese a todo (I)

romaNos fuimos de vacaciones y, como siempre, fueron demasiado cortas y nos dejaron más cansados de lo que estábamos al irnos (es lo que tiene el querer ver todo lo posible de un sitio en cuatro días, que pateas como un descosido y te dejas los pies hechos un Cristo). Este año el destino escogido fue Roma por un cúmulo de razones entre las que destacaron el precio de los vuelos, mi amor por Woody Allen y Enric González a la par y que nos habían comentado que por allí se comía una pizza bastante aceptable, lo que nunca hay que subestimar.

Roma es una ciudad impresionante de bonita y con un punto caótico y desdejado que la hace más atractiva aún si cabe. Pero os voy a contar un secreto: allí no viven romanos, sólo hay turistas. Por no haber no hay ni ladrones o, al menos, estos no ejercen su profesión con el orgullo y ornamento con el que se trabaja el hurto en la ciudad condal, dónde solo nos falta aplaudirle al que nos ha dado el tirón al bolso en media calle y gritarle “¡Artista!”. En Roma no. Allí solo hay grupos de personas que siguen a otra que se erige como guía ostentando algún objeto -un paraguas plegable, una banderita- que le identifica como tal y que va relatando las maravillas artísticas que decoran la ciudad en el idioma que toque. Entre ellos se cuela de vez en cuando algún vendedor ambulante de sorpresas en forma de muñeco de goma, abanico o botella de agua y algún camarero, policía o cualquier otro trabajador de ese centro comercial que un día fue una ciudad. Pensaba que en Barcelona ya habíamos llegado al límite entre la realidad y la marca y esto ya había dejado de ser una urbe habitable pero en Roma comprobé que aún nos queda un poco para perder del todo la perspectiva.

Afortunadamente no somos gente con mucho dinero (el mentar a la suerte haciendo referencia a la escasez de recursos puede llevar a equívocos pero de verdad lo pienso) y eso hace que el contacto con la realidad no se pierda del todo. Si hubiésemos sido una pareja adinerada de las que se hospedan en hoteles con estrellas y minibar podríamos haber vuelto a casa pensando que todo en Roma es “ideal, Cuca”.  Pero claro, nuestro alojamiento fue una pensión cercana a la estación de autobuses regentada por una búlgara simpatiquísima y recién llegada de los años 80 en una especie de viaje espacio-temporal, que nos brindó algunas de las mejores anécdotas del viaje (que contaré en un siguiente post, junto con las otras que no tienen desperdicio). Ella y la gente del barrio nos recordaron que no todo eran manteles de cuadros y lenguas lamiendo helados artesanales. Y menos mal, porque la sensación de caminar constantemente por un centro comercial al aire libre da mucho miedo.

Las que también abundan por las calles de las ciudad son las monjas. Es normal, al fin y al cabo allí tienen su hot spot, su parque de atracciones católico. Hay tantas que si te esfuerzas un poco puedes oler por las calles ese característico aroma entre lo rancio y lo guardado mucho tiempo en un sitio cerrado que las identifica. Suelen ir de dos en dos, animadas como colegialas (están cerca del chico-paloma-entidad que les gusta), con sus zapatones planos y sus hábitos del color que le toque a su congregación, cuchicheando cada vez más rápido según te acercas a El Vaticano. El lugar en cuestión merecería también un capítulo aparte pero mi anticlericalismo es de sobra conocido por todos y todas, así que me lo voy a saltar. Sólo un apunte: la campaña que están haciendo para que Francisco sea considerado “El Papa Colega” es al mismo tiempo pueril e inquietante, como si hubiese salido de la mente de Kevin Smith.

Y poco más. Seguramente más adelante cuente las cosas divertidas y extravagantes del viaje, pero de momento y en resumen: nos gustó mucho la ciudad aunque sea invivible, la Fontana de Trevi impresiona pese a todo y comimos tanta pizza que hasta, por lo menos, un par de días no queremos ni olerla.

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Fin del verano: bien y mal

Empezamos a decir adiós con la manita al verano 2013 aunque oficialmente aún quede casi un mes para la entrada del otoño y  todavía podamos disfrutar de la tregua del veranillo de san no se qué que viene en septiembre. Pero esto se acaba y significa tanto cosas buenas como malas. Helas aquí:

Buenas

-El fin de la combinación letal de calor y humedad.
-La desaparición de los mosquitos, especialmente salvajes este año. Y de todos los bichos amantes del calor, en general.
-Librarse de esa sensación constante de estar desperdiciando la vida por quedarse vegetando en el sofá en lugar de estar en la playa, haciendo una barbacoa o cualquier otra cosa divertida que no apetece nada hacer.
-Los viajes que nos esperan a finales de septiembre (bueno, el viaje, pero siempre se pueden programar más).
-La vuelta de las series: nuevas temporadas, os espero con ansias.
-Que cargar con una chaqueta en el bolso por fin tenga sentido: por las noches refresca.
-Dejar de leer/escuchar “veranito”, “playita”, “heladito” y esas ñoñerías mononeuronales.

Malas

-El final de la playa y de los baños. La playa mola, de verdad que sí.
-Volver a tener frío. Lo dice alguien que por debajo de los 20 grados tiene frío (y con más de 26 se asa, sensibilidad a la meteorología ¿Qué pasa?)
-La lluvia cuando no estás tirada en tu sofá vegetando y tienes que salir a hacer algo. Punto extra de mal rollo si llevas gafas y entras en algún sitio: automáticamente te conviertes en la pringada de las gafas empañadas que no ve nada. Epic Fail.
-Que se vaya a acabar el buen tiempo ahora que tenemos bicicleta (gracias a Ainhoa Rebolledo, generosidad hecha persona). Menos mal que vivimos en Barcelona y no en Oviedo.
-La vuelta de vacaciones de los políticos. Que se vayan a la mierda y nos dejen en paz de una vez. Nadie os echó de menos, pandilla de zoquetes.

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Calamares gigantes y otras chucherías

cantabricoIgual es porque empecé en eso que antes se llamaba periodismo en la sección de local de un periódico regional, pero la cuestión es que me sigue fascinando la información que se genera en los veranos españoles (desgracias a parte)  y especialmente en la mía, claro, que para eso soy de allí.

Supongo que cada ciudadano pensará lo mismo de su lugar natal, pero para mi Asturias es una gran fábrica de producción de noticias veraniegas que son una golosina laboral. Las páginas de los periódicos de mi región esconden algunas frases tan magistrales como “Esta siempre fue muy de amar a Dios y joder al prójimo”, hechos que parecen escenas descartadas de alguna película de Berlanga y divertimentos varios cuyo objetivo principal no era precisamente ese pero al final salió así.

Como periodista hubiese disfrutado de manera imponderable el cubrir las noticias que el lector se encontrará a continuación, que no tienen desperdicio.

Con el agua al cuello. Los hechos fueron los siguientes: un grupo de chavales entierra al gordo de la pandilla  (según el redactor “un veinteañero muy corpulento”) en la arena de la playa sin tener en cuenta que las mareas en el Cantábrico son muy pronunciadas, tanto cuando están bajas como cuando están altas. Cuando terminan de enterrar al pobre chaval, el agua ya estaba llegándole literalmente al cuello y cunde el pánico. Teniendo en cuenta el tono de voz que se utiliza en Asturias, que suele llegar al grado de grito pelao, la que se debió de montar en la playa debió de ser fina. Al final entre bañistas y salvamento sacaron al enterrado que (mi parte favorita de la noticia): “extenuado, se tiró en la arena (duna arriba, no fuera a ser)”. El mongolito de oro del mes se concedió, sin dilaciones, a la pandilla de la genial idea.

Ojo de cristal perdido. Otro hit veraniego: una bañista foránea pierde su ojo de cristal mientras se baña en una playa de Luanco (el oleaje del Cantábrico es lo que tiene). Por supuesto, se vuelve a liar la de dios porque el ojo no aparece y al final el tema llega al puesto de salvamento que dice por megafonía: “Se ha perdido un ojo de cristal de color marrón, si alguien lo encuentra que lo deje en el puesto de salvamento”. Atentos al detalle de especificar el color,  no fuese alguien a confundirse de ojo, como muy acertadamente señaló mi padre: “Que ni que por la playa hubiese ojos de cristal de todos los colores por ahí tirados”. Afortunadamente al bajar la marea, un bañista encontró el ojo y para que a nadie le quepa ninguna duda, en el periódico decidieron ilustrar la noticia con una foto del propio ojo de cristal de iris marrón, para que nadie se fuese a pensar que era uno que tenían por la redacción.

Calamar de 80 kilos. Esta no es tan divertida, pero lo de los calamares gigantes me llama mucho la atención, sobre todo después de saber que en litoral asturiano hay una especie de sima de profundidad desconocida en la que viven bichos como los calamares gigantes y otras especies misteriosas que hacen que mi imaginación se dispare. Y además, protagonizan una canción de Montañas, grupo preferidísimo y con el que cerramos este informativo.

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Tira que yo recojo

Barcelona es, por la forma en la que los vecinos se desprenden de la basura, como un gran mercadillo en el que el precio que se paga es la habilidad de cada un@ para dar con los tesoros que por un breve espacio de tiempo viven en la calle. La mayoría de las cosas que se tiran nunca llegan a manos del servicio de recogida de basuras y generalmente acaban teniendo una nueva vida al lado de un afortunado vecino que encontró sus necesidades cubiertas mientras paseaba por la calle.

librosLos trastos de otras personas han amueblado muchos de los pisos en los que he vivido en esta ciudad, las lecturas desechadas de vecinos desconocidos han animado mis tardes en el sofá (posiblemente recogido de la calle) y la ropa de mujeres con las que comparto talla pero no cafés han dado nueva vida a mi armario. En concreto, recuerdo perfectamente el 30 de mayo de hace dos años, cuando al volver para casa dimos con tres bolsas enormes llenas de prendas de ropa que parecían escogidas para mi: vestidos, camisetas y pantalones de una chica que según parecía se estaba mudando a otro país o a un piso sin armarios y dejó las prendas que ya no quería en su portal para darme una sorpresa por mi cumpleaños.

Este hecho también da pie a situaciones bastante cómicas como aquella vez que movimos un sofá desde la esquina de Casanova con Diputació hasta el Gótico usando dos monopatines y la paciencia del pobre John que se comió aquel pedazo de marrón con escaleras sin ascensor incluidas. O la vez que vaciamos aquel piso y en la calle unos espontáneos decidieron volver a montar nuestro salón con los sofás, la mesa del café y las lámparas para tomarse unas birras en plena calle Llibretería.

Nunca he vivido ni paseado por una ciudad en la que se encuentren tantas cosas por la calle como en Barcelona y es una de las cosas que más me gusta de ella. Filosofía de la reutilización sin zarandajas y gracias a la cual ayer me volví a casa con Reencuentro de Fred Ulhlman (Tusquets editores) y Caperucita en Manhattan de Carmen Martín Gaite (Siruela) debajo del brazo y sin más coste que la ligera capa de polvo que les tuve que quitar de la portada.

Y sin que tenga nada que ver, una lista de reproducción que se ha publicado hoy en Soviet Magazine y que se titula Ellas lo traen.

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El verano que sí, el verano que no

Cosas que sí

  • El concierto de Devendra Banhart del próximo martes en Barcelona
  • La semana y pico que pasaré en Asturias a mediados de agosto
  • Conocer a Teo, el nuevo ser querido nacido recientemente
  • Los días en la playa, sin decidir nada más que si te das un baño o sales esa noche
  • El calor
  • La pila de libros que descansa en mi mesita esperando a ser leídos

Cosas que no

  • Que Devendra Banhart no se haya dejado entrevistar
  • Que en realidad no vaya a tener vacaciones, ni aunque sea una semana en un hotel de Málaga
  • Que los días de playa se reduzcan al fin de semana y el resto sea todo currar y penar (para más explicaciones, el vídeo que encontrarán al final explica el sentimiento bastante bien)
  • El calor
  • La falta de series a las que engancharme por culpa del parón veraniego.

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